
Se impone la prudencia pues, como en Riazor, el análisis previo invitaba a imaginar un partido para el ritmo de Cesc y el detalle de Xavi. Lo de Paco Jémez en Vallecas es una locura. Una locura deliciosa pero locura al fin al cabo. Acumulación de hombres por delante del balón y una debilidad en transición defensiva que acostumbra a romper los partidos. Sin demasiada contundencia arriba, al rival le renta seguir el plan. Ahí, el ritmo de Cesc para mandar en el ida y vuelta.
Vallecas es un estadio singular y si nos centramos en el terreno de juego, especialmente pequeño. Con menos espacios para jugar, arriba se impone la exquisitez técnica, el detalle de superdotado para tocar entre el bosque de piernas. Ahí, el toque de Xavi encarado a la finalización, explotando tanto la llegada como el último pase. Un Xavi más próximo a la versión actual en la selección española: casi mediapunta.
Tal era así el plan de Vilanova que incluso intercambió las posiciones de Song y Busquets para fortalecer la salida y que Xavi no tuviese que aparecer por la base. De rebote, al almirante Cesc le daban «su mediocentro». En este aspecto la apuesta culé falló, pues los problemas del Barça en la salida fueron notorios durante los primeros compases del choque, por lo que se tuvo que echar mano de Xavi. Eso sí, el seis empezaba -salida- y terminaba -finalización- pero lo que sucedía entre ambos momentos llevaba el sello de Cesc.
