Pocas cosas se recuerdan con más cariño que el primer jugador con el que te enamoraste del fútbol. Ese momento del paso de la niñez a la juventud, en el que de la mano de un futbolista que llega a ti sin saber muy bien por qué, poco a poco vas descubriendo los rincones de un deporte que te acompañará para siempre. El mío fue Pablito Aimar. Cuando el fútbol se limitaba al partido en abierto del sábado y a los resúmenes del resto de la jornada que pasaban de puntillas por las ligas extranjeras. Cuando los periódicos deportivos se sentían en los dedos y entre el pasar de páginas aparecía una fotografía que encendía la chispa.
Era la época en que dos jóvenes argentinos despertaban el interés del mundo del fútbol en un histórico como River Plate. Aimar y Saviola aparecían en River como Riquelme en Boca bajo la presión que tenían que soportar en Argentina todos los jóvenes talentos desde el ocaso del Diego y hasta la coronación de Messi. Cuando el fútbol argentino no vivía la descapitalización que vive en la actualidad, Aimar apareció en un River campeón de la Copa Libertadores del 96 que contaba con un plantel impresionante. El Mono Burgos, Roberto Bonano, Sorín, Celso Ayala, Berizzo, Astrada, el Pipa Gancedo, Rambert, Santiago Solari, el muñeco Gallardo, Marcelo Salas, los últimos coletazos del príncipe Francescoli… ese año 1997 Aimar sólo llegó a disputar un partido. Fue en el 98 cuando empezó a ganar peso en el equipo, y en el 99, con Gallardo emprendiendo la aventura europea, ya lucía el 10 del equipo millonario.
Fueron buenos años para River que conquistó el Clausura de 1997 y 2000, y el Apertura de 1997 y 1999, valiéndose de la sociedad atacante que formaban Aimar, Saviola y Juan Pablo Ángel, a la que en 2000 se sumaría el regreso del Burrito Ortega. Los cantos desde Europa cada vez resonaban más fuerte y finalmente, en las navidades de 2001, dio el salto al Valencia de Rafa Benítez. El club ché, con Aimar en la plantilla, se hizo con el título de Liga 31 años después.
Con la salida de Rafa Benítez rumbo a Anfield y la vuelta de Ranieri al banquillo del Valencia, el equipo pasa por momentos difíciles. En el caso particular de Aimar, además, les lesiones, que nunca fueron demasiado benévolas con el argentino en su paso por Europa, le limitan cualquier posibilidad de continuidad. Así las cosas, en 2006 pone rumbo a un Real Zaragoza que estrena junta accionista y técnico: el recurrente y estimulante Víctor Fernández. Con un equipo con marcado acento argentino -Aimar, D’Alessandro, Ponzio, los hermanos Milito…- y en el cual estaba, cedido por el United, un jovencísimo Gerard Piqué, el Zaragoza alcanzó plaza europea gracias a un sexto puesto cimentado en su fútbol atractivo. Delanteros móviles, mediapuntas con tendencia central para generar superioridades en tres cuartos y laterales largos para equilibrar. Aimar era uno de esos mediapuntas que partía de una demarcación nominal en banda pero que localizaba su zona de influencia en el carril central.
La siguiente temporada, no obstante, las importantísimas bajas en defensa -Milito y Piqué abandonan el club rumbo a Barça y Manchester United respectivamente- y los errores en las contrataciones, terminan por condenar a un equipo desequilibrado que transitaba el borde del precipicio y se consuma el drama del descenso. El futuro de Aimar apunta entonces a Italia o Inglaterra, dos de las tres ligas más importantes, pero una llamada desde Portugal lo cambia todo.
El mítico Rui Costa, que acababa de colgar las botas en el Benfica del que un día salió para embellecer el Calcio, y que estrenaba cargo de director deportivo en el club lisboeta, pretendía sumar a Aimar al proyecto de Quique Sánchez Flores. Para seducirlo, le ofreció la casaca del 10 que el club acababa de retirar en su honor. Difícil resistirse al gesto del que fuera leyenda de toda una generación.
Hoy, de ese equipo sólo queda el capitán Luisao, Cardozo y poco más. Y Aimar, claro. Este inicio de temporada las lesiones vuelven a castigarle y es duda para el partido del martes. Seguramente no vaya a tener el peso específico de años anteriores, pero sin duda va a ser muy útil para Jorge Jesús. El Benfica, con los traspasos de Javi García y Witsel ha perdido a su doble pivote prácticamente sobre la bocina, sin tiempo para acudir al mercado. El técnico busca soluciones en su 4-4-2 habitual pero el descenso de nivel en el doble pivote respecto al resto del equipo es notable. Así pues, cada vez parece más probable que el 4-4-1-1 se confirme como esquema alternativo, sumando a un futbolista más a la media. Pocos futbolistas más adecuados que Aimar para eso, capaz de concentrar el peso del ataque, dirigir, aglutinar y llegar, liberado de la responsabilidad del retorno escoltado por dos hombres tras él.
Seguramente ya no sea el futbolista más importante del Benfica. Quizá mereció más, o tal vez nunca fue lo que apuntó. Aimar no llegó a ser el mejor, pero sin embargo siempre fue el mío.
– Foto: Ian MacNicol/AFP/GettyImages

