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¿Potenciador o potenciado?

Messi se mueve menos, todo hay que decirlo. El Barça lleva más de dos temporadas con unos problemas futbolísticos notables. No desde la Final de Wembley pero casi. En este tiempo, ha ganado una Copa del Rey, una Liga, un Mundial de Clubs, varias Supercopas y ha alcanzado las semifinales de Champions en dos de tres ediciones. Ningún proyecto en declive ha ganado tanto. Si el Barça ha sido capaz de hacerlo, ha sido en gran parte gracias a la capacidad de Leo Messi para decidir partidos. A su devastadora relación con el gol. Progresivamente, al mismo tiempo que el equipo se deshacía, se le ha ido pidiendo al argentino que traduzca en el marcador lo que no se generaba en el juego. Desde el 3-4-3 de Guardiola que le abría los partidos y le fijaba a dos extremos abiertos para tener más espacios para su jugada, a la actualidad. Sin refuerzo en el juego, a Leo se lo ha enfocado al área, al gol. La temporada que el Barça empezó a tener problemas, Messi pasó de los 31 goles en 33 partidos, a los 50 en 37. La siguiente 46 goles en 32 partidos, y 26 en 27 en lo que llevamos de la actual. Si Messi no marca, el Barça no gana.

Este Messi juega en un Barça que desde hace meses ha renunciado a disfrutar del mejor jugador del mundo. Lejos de potenciarlo, lo usa como reclamo. Lo confirmaba Martino tras caer ante el Atlético de Madrid en Champions: Leo era el señuelo. Como los rivales para frenar al Barça todo lo que necesitan es construir una muralla alrededor de Messi, mandar hasta cuatro hombres a su vigilancia y enfocar todos los esfuerzos en que Leo no disfrute de una sola ventaja, la idea es aprovechar las atenciones que provoca el argentino para que los demás disfruten de mayores libertades. El planteamiento tiene dos problemas. El primero, que en el Barça actual la libertad del resto no produce. Individualmente se pueden generar ventajas como las que han generado Iniesta o Neymar, pero no hay sistema que las aproveche. Jugadores capaces de empezar y terminar la jugada, ser la fuente de las ventajas y quien las aprovecha y traduce en goles, sólo hay dos en el mundo (o casi), y al que tiene en plantilla el Barça lo usa como espantapájaros.

Un ejercicio interesante es volver a visionar alguno de los partidos más criticados de Messi, seguirlo los noventa minutos e ir pensando en cada acción, qué podría estar haciendo el argentino que no esté haciendo y qué ventajas daría eso al equipo. Más allá de bajar a recibir con diez rivales por delante, sortear a cuatro, entrar en el área, regatear a dos más, encarar al portero y definir al palo largo, se entiende. Es Leo Messi y puede hacerlo, pero no parece honesto pedírselo porque ni eso le facilita el equipo. Precisamente, los mejores escenarios que ha disfrutado esta temporada (y parte de la anterior) La Pulga, se los ha dado el rival. Como el Madrid en Liga en el Bernabéu, separando irresponsablemente las líneas para que Leo volara. Evidentemente, Leo decidió el partido. (Y Ancelotti aprendió la lección).

El segundo problema de usar a Messi para potenciar al resto, es la aceptación de un plan que sacrifica a tu mejor jugador en favor del segundo, el tercero, el cuarto o el quinto. Es la renuncia, de antemano, al máximo potencial del equipo. Tengo a Leo Messi pero no lo usaré como Leo Messi. Lo lógico sería pensar justo lo contrario. Lo ideal es sacar lo mejor de todos, que la mezcla de calidades encaje perfectamente, pero puestos a sacar el máximo de alguien, que sea del mejor.

¿Y cómo se hace eso? Por un lado, dándole el mejor escenario y, por el otro, evitando que el rival pueda defender sólo eso. La última vez que el Barça lo consiguió fue a las órdenes de Tito Vilanova. A partir del primer clásico de Liga que disparaba la ventaja azulgrana respecto al Real Madrid, el sucesor de Guardiola diseñó un Barça que potenciaba a Messi y que era capaz de ser autónomo a la influencia del argentino. Defender sólo a Leo, implicaba el peaje de liberar a la sociedad Iniesta-Cesc-Alba en banda izquierda, una sociedad capaz de producir juego, ocasiones de gol y resultados. Anulando únicamente a Leo Messi, el rival corría verdadero peligro de perder. El Barça requería dos atenciones, y esa segunda atención era la mejor aliada para una mayor libertad del 10. Algo similar sucedió cuando nació el Messi falso nueve. Entonces con Eto’o y Henry, y más tarde con Pedro y Villa amenazando la espalda de la defensa, el equipo era capaz de llegar a campo rival y, si el adversario sólo defendía a Leo, buscar en profundidad a los otros dos delanteros.

Ambos mecanismos terminaron fallando con el tiempo, uno porque la deficiente salida de balón del Barça obligaba a Iniesta a retrasarse y romper así la estructura, y el otro porque la amenaza al espacio terminó siendo asumible sobre todo cuando el Barça empezó a tener problemas para progresar sin que antes interviniera Messi. Pero es el camino. Los rivales juegan, te conocen y se adaptan, y a ti te toca cambiar de nuevo. Perfeccionar los mecanismos, sumar nuevas amenazas o subir el nivel de las que ya se tienen. Es el reto y el deber de cualquiera que tenga a Leo Messi. Hacer un conjunto con él, y no que él sea el conjunto. Resulta imperdonable contar con el mejor del mundo y no saber disfrutarlo. Como Messi solo es mejor que casi todos los equipos, nos olvidamos que él es aún mejor cuando juega en uno.

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