
Después de una temporada de tratar de reconducir al equipo tras la derrota en la final de Atenas, el verano de 1995 es el cortafuegos entre la gran obra del técnico holandés y el intento por empezar otra. Con las salidas de Koeman, Stoichkov, Eusebio o Txiki Begiristain se bajaba la persiana del anterior ciclo, y con el ascenso de un grupo de prometedores canteranos, algunos hombres importantes que permanecían en el equipo y la llegada de nuevos extranjeros que subieran el nivel de la plantilla, se pretendía construir uno nuevo. En la delantera, en apenas unos meses, se había perdido a Stoichkov y Romario, de modo que el conjunto de Cruyff se quedaba con poco gol más que el que pudiera aportar la segunda línea. Así pues, una de las principales necesidades en el mercado de fichajes era aumentar la capacidad realizadora del equipo. Se buscaba incorporar gol, y con este propósito el Barça se hizo con Meho Kodro, ariete por entonces de la Real Sociedad, y que venía de ser el segundo máximo anotador de la Liga con 25 goles. Gol tenía.
Kodro era un delantero centro rematador, con presencia, golpeo, recursos con ambas piernas y poder aéreo, y por encima de todo, muy buenos movimientos en ataque. Combinaba envergadura, coordinación y lectura de la posición. Sin embargo, su juego no era el que mejor le iba al juego culé -no era un punta demasiado participativo-, y además el equipo no iba lo suficientemente bien como para permitirse un nueve que «sólo» la empujara. No obstante, en Barcelona, Meho tuvo otro problema. Cruyff siempre reconoció su error ese verano, no tanto por el nivel de los nuevos fichajes -con los ojos de entonces y con el acceso a presas de caza mayor vetado, son incorporaciones con sentido- sino por el encaje de caracteres en el grupo. Cuenta el holandés cómo en su Dream Team fue clave el equilibrio entre la mesura y la responsabilidad de los hombres de casa, con el carácter altanero del grupo de los vascos o de Hristo Stoichkov, y la jerarquía de Ronald Koeman. Sin ellos, ninguna de las nuevas incorporaciones hizo de contrapeso ahí, más allá de un Popescu que no por casualidad fue rápidamente nombrado uno de los capitanes del equipo.
Ahora, en su primera participación en un Mundial, la selección de Bosnia y Herzegovina ha viajado a Brasil con su delantero centro como principal estrella. Tras la derrota ante la Argentina de Messi, es uno de sus principales argumentos para lograr la clasificación. Un nueve rematador que tampoco es muy dado a la interacción. Edin Dzeko, futbolista frío y que participa más bien poco del juego, pero que si Pjanic o Misimovic le sirven un buen balón, no acostumbra a perdonar. Gol tiene.
