
Durante la década de los 90, el fútbol experimentó dos cambios fundamentales para entenderlo como es ahora. La temporada 1996-97 entró en vigor la ley Bosman que hacía desaparecer los cupos de extranjeros en las plantillas de los equipos, y cuatro años atrás, un cambio en la normativa que regía las cesiones a los guardametas, revolucionaba la posición. El portero pasaría a tocar más veces el cuero con los pies -en un equipo como el Barça, muchas más veces que con las manos-. El guardameta como elemento de apoyo cambió sus atribuciones, y pasó a intervenir sobre el juego también con los pies, algo que en América tenía una tradición más larga que arranca con Amadeo Carrizo en los años 40, pero que en Europa se veía menos. Contrariamente a lo que auguraron los popes de la demarcación en el momento del cambio de norma, la modificación en lugar de restarle continuidad al juego, lo agilizó.
A Johan y al fútbol del Barça se le abría un mundo de posibilidades que anticipó con Busquets. Pero las pegas del de Badia penalizaban demasiado, e incluso Cruyff -su valedor- no las pasó por alto. Cuentan que meses antes de ser cesado, el holandés había cerrado un acuerdo verbal con José Francisco Molina para la siguiente temporada. El valenciano, que con el Atlético de Madrid de Antic alcanzó un histórico doblete ese mismo curso, paraba como un portero y jugaba como un futbolista, algo que, para la época, todavía era inusual. Su destreza jugando el balón con los pies le valió protagonizar un singular episodio, pues su debut con la selección española se produjo como jugador de campo debido a la lesión de un compañero. La anécdota, por accidental, bien podría haber tenido a cualquier otro arquero menos ducho con el cuero como protagonista, pero que fuese Molina sirve como ilustración perfecta en el relato de un portero que en la España de Iribar, Zubizarreta o Arkonada, resultaba contracultural.
El fichaje no se realizó, Cruyff fue despedido y quien aterrizó en Barcelona fue Bobby Robson con Vitor Baía de a mano. Portero moderno con las manos pero no con los pies, lo suyo en el Camp Nou fue poco menos que un calvario, que se confirmó en su segunda temporada en el equipo cuando un desconocido guardameta holandés, procedente de un igualmente desconocido Fortuna Sittard y que superaba la treintena, le arrebataba la titularidad por indicación de Louis Van Gaal. Desde la marcha de Zubizarreta, Ruud Hesp fue el único capaz de soportar el peso de los guantes bajo la portería del Camp Nou, hasta que llegó Víctor Valdés. Muy fuerte a nivel mental y con buenos reflejos, Hesp, claro, también la tocaba. «El meta de nuestro sistema debe estar capacitado para pasar el balón y, además, saber elegir en todo momento la opción más conveniente para el equipo. No sólo a la pareja de centrales, ya que a veces están ambos cubiertos y hay que jugar a los laterales, que muchas veces están demarcados.» declaraba Frans Hoek, entrenador de porteros de Van Gaal que trabajó con Hesp en Barcelona.
Detrás del holandés, ni Francesc Arnau, ni Dutruel, ni Bonano se asentaron bajo el travesaño del Camp Nou, y el que más se acercó fue, otra vez, un arquero con buen trato de balón, Pepe Reina, el encargado de dar cierta estabilidad a la portería azulgrana. Hasta que Víctor Valdés, el meta que encontró el Barça al final del camino, se la adueñara durante once temporadas. Tres candidatos lucharán ahora por hacerse con el puesto que deja huérfano el portero del Hospitalet, y los tres la manejan de miedo con los pies. Ter Stegen, Bravo y Masip, el último capítulo de una historia que, en Barcelona, se empezó a escribir con Carles Busquets. El portero sin manos, el del chandal.
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