Este artículo contiene más de dos mil palabras dedicadas a un lateral derecho. Muy probablemente, en este espacio, uno equivalente que versara sobre otro de los muchos jugadores que con éxito han ocupado la demarcación a lo largo de la historia del F.C.Barcelona, no las habría tenido. Pero hay trampa, y es que cuando se habla o se escribe sobre Dani Alves no se habla ni se escribe sólo sobre un lateral derecho. Primero porque en realidad el brasileño fue muchos laterales derechos en uno, segundo porque su valor trascendió la posición en la que cobijó su fútbol, y tercero porque aquello que su juego le dio al Barça no les corresponde a quienes ocupan su puesto. Es por eso que, seguramente, no haya justicia más poética con la figura de Dani Alves que la que acontece durante el imaginario ejercicio de conformar un once histórico del club azulgrana. Así, cuando se intenta, la necesidad inexcusable de incluirle en él es la que nos obliga a robarle un efectivo al mediocampo para dárselo a la zaga, transformando de este modo nuestro ideal 1-3-4-3 en un 1-4-3-3. En esa elección, en ese cambio, Dani Alves es la consciencia tranquila y satisfecha que nos dice que si el defensa de más es él, el centro del campo no va a sentir la ausencia de un cuarto efectivo. Que, en realidad, también la medular saldrá ganando con nuestra decisión.
El F.C.Barcelona estaba avisado cuando lo incorporó en el mágico verano de 2008. Las declaraciones de Manolo Jiménez -su último entrenador en Sevilla- para despedir al brasileño no dejaban lugar a dudas: «Es un jugador que desde su posición de lateral derecho es capaz de armar el fútbol de ataque de todo un equipo, que en el uno por uno es un crack y que puede hacer feliz a cualquier entrenador«. En el Sánchez-Pizjuán, Dani Alves se había convertido desde su demarcación escorada a la derecha de la defensa, en el verdadero organizador del juego hispalense, en el director de una orquesta en la que también tocaban Kanouté, Luis Fabiano, Renato, Jesús Navas, Antonio Puerta, Andrés Palop o Christian Poulsen entre otros. El danés, soldado al servicio de Alves, personificaba con su comportamiento de escudero la inaudita relevancia que tenía su lateral derecho para el juego de ataque del conjunto andaluz. Cuando tocaba desplegar la ofensiva, Dani se incorporaba, ya fuera por dentro o por fuera, par ser omnipresente en el juego, al tiempo que el mediocentro pasaba a ocupar su espalda como si él fuera el defensa. Ya entonces era mentira: Dani Alves no era un lateral. O no era sólo eso, mejor dicho.
Los focos, los éxitos, los aplausos y las flores lo llevaron a dar el gran salto a un Barça en reconstrucción, en lo que ha terminado siendo un fichaje sin muchos equivalentes en el fútbol europeo de las últimas décadas en cuanto a relevancia estratégica. Tanto valió tenerlo como pesó que te faltara. La orquestra culé, sin embargo, para el Alves director que había sido en Sevilla presentaba un contexto distinto. En Barcelona aguardaban otras batutas, solistas más luminosos que él y un rol diferente a representar por su parte. Su espacio en el proyecto azulgrana fue doble. El primero de los dos, el coral, el más ámplio, fue ejerciendo de lo que en argot musical se denomina ostinato, y que consiste en un elemento que se repite en la base de una composición. Siempre presente, ni primerísimo actor principal ni transparente, la figura del brasileño recorrió en la misma dirección que el equipo las ocho temporadas que ambos vivieron juntos. De principio a fin y, siempre, acompañando su evolución. Al Barça, entre 2008 y 2016, se lo puede explicar a través de Dani Alves.
Tras el desembarco, su primer sentido en puerto azulgrana no tuvo tanto que ver con el de un lateral largo, de carril, capaz de asumir para sí mismo la banda entera, sino que Guardiola se aprovechó de su pie y de su lectura de centrocampista para aumentar el volumen asociativo del costado derecho de aquel nuevo Barça. La primera propuesta del de Santpedor era una en la que el reparto de juego se desequilibraba en favor de un sector diestro donde el sistema juntaba a Rafa Márquez, Dani Alves, Xavi y a un Leo Messi que todavía no había probado las mieles del carril central de forma sostenida. En esa banda derecha, Dani actuaba como salida, apoyo, superioridad en mediocampo, solución y compensación arriba. Siempre cerca del balón, siempre al latir de la acción de ataque. Esto le permitía, además, estar próximo al esférico cuando el equipo lo perdía, pudiendo, por lo tanto, lanzarse a la presión de inmediato. Era un Barça más vertical de lo que sería luego y menos tiránico en el control, en el que su garra, físico y empuje en la recuperación, provocaban un efecto contagio que a modo de impulso mandaba al resto de sus compañeros tras la pelota.
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Al Dani Alves que Charly Rexach se había imaginado proyectándose por banda el doble de veces que en Sevilla porque «al jugar el Barça más arriba, la distancia que tendría que recorrer sería inferior y recorriéndola se desgastaría la mitad«, no se recurrió hasta la temporada siguiente. El ataque, con Ibrahimovic como pieza inadaptada, no fluía, y el mal encaje sobre el campo del sueco con un Messi que seguía evolucionando, obligó a Guardiola a tomar cartas en el asunto y modificar el dibujo. Leo se trasladó al centro, y para abrirle el máximo espacio posible a su capacidad resolutiva en la zona de Zlatan, las bandas se estiraron. Abidal, Maxwell o Seydou Keita en la izquierda, y Pedro y Dani Alves en la derecha, pasaron a sujetar los carriles para aclararle el camino al diez. El enfoque exterior que en el Barça recayó sobre Alves por primera vez aquel curso, se mantuvo durante las siguientes temporadas con Messi asentado en su recuperado papel de falso nueve y el lateral brasileño como habilitador de sociedades varias en la banda. Primero permitiendo a Pedro Rodríguez asomarse a una suerte de doble mediapunta de ausencia en la cal y superioridad en la frontal, y después liberando, bien momentáneamente a Villa, bien de forma más recurrente a Alexis Sánchez, para que asturiano y chileno sumaran amenaza en el área cuando los rivales empezaron a mandar la línea arriba, a concentrar atenciones sobre el 10 y a sobrecargar el inicio del paulatino declive físico de Xavi Hernández.
Como en 2009, Guardiola, tras la final de Wembley, respondió a los contratiempos con un cambio de dibujo. En este caso fue un 1-3-4-3 en el que, de entrada, Dani parecía tener un encaje, cuanto menos, complejo. Ni era central, ni era interior, ni era extremo. Pero como seguía siendo aquel lateral derecho especial de posibilidades prácticamente infinitas, gracias a su maleabilidad volvió a resultar clave y la llave táctica para que repartidas de un modo distinto las piezas encajaran otra vez. Durante la última temporada de Pep Guardiola en el banquillo culé, el brasileño fue el comodín que de un partido a otro, e incluso en el transcurso del mismo, permitía que dos dibujos cohabitaran. Lateral con línea de cuatro y más adelantado si interesaba cerrar con tres atrás, dos de los partidos más recordados del curso, en el Santiago Bernabéu y ante el Santos en la Final del Mundial de Clubs, inmortalizaron el valor de Dani Alves en el mutable último Barça de Guardiola.
Con la salida del de Santpedor, equipo y jugador pasaron por momentos difíciles en los que, desorientados en lo futbolístico, por momentos no encontraron más argumentos a los que agarrarse que una insaciable sed de victorias y un conocimiento sin igual de los atajos que conducen hasta ellas. Tanto lo bueno como lo malo de esa etapa de dificultad, tal y como antes había ocurrido con los momentos de bonanza, también fue posible reseguirlo en la figura de Dani Alves. Por ejemplo en sus desesperados y desesperantes centros al área, única solución que encontraban él y el Barça para, provocando rechaces en el área, segundas jugadas y agitación en las defensas, generar ocasiones de gol. Pero también en la puntualidad para las grandes citas y los días señalados, la que lo llevó a batir la portería del Manchester City tanto en la ida como en la vuelta de la eliminatoria de octavos de Champions en 2014. Durante aquellos años, una de las cuestiones que más acusó el lateral fue que, camuflado entre la zozobra generalizada en la que se encontraba el equipo, nadie reparara en que tampoco él era ya el mismo. En que ya no podía serlo. Que aquel Dani Alves que con 25 años se esperaba que corriera la banda del Camp Nou el doble de veces que la del Sánchez Pizjuán, cruzaba ya el umbral de la treintena.
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Cuando más crudamente se mostró el desvanecimiento de la exuberancia física que otrora caracterizó a Dani Alves, fue tras la llegada de Luis Enrique al banquillo barcelonista para iniciar un nuevo ciclo de éxitos. La idea inicial del técnico asturiano, con la inigualable delantera formada por Messi, Neymar y Luis Suárez en sus manos, fue que los tres cracks tuvieran su posición de partida por dentro. El uruguayo como hombre más adelantado, el argentino en la mediapunta y el brasileño ocupando un escalón intermedio entre los dos. Sin delanteros en las alas, pues, la amplitud de los ataques recaería casi en exclusiva sobre ambos laterales, teniendo que asumir tanto Dani Alves como Jordi Alba el carril prácticamente en solitario. Pese a la rubia melena que de nuevo le cubría la espalda esta vez sobre la cabeza de Ivan Rakitic, la receta no funcionó. Y entonces, cuando tanto el lateral como la temporada parecían vistos para sentencia, Leo Messi se acercó a la línea de banda no sólo para rescatarlos sino para permitirles algunos de sus episodios de mayor brillantez como, en el caso del lateral, una legendaria penúltima final de Copa ganada en el Camp Nou al Athletic Club de Valverde. Con el 10 cerca de Alves. Les separaran más o menos metros en el campo, durante su ciclo culé, en realidad, siempre lo habían estado.
Y es que en la orquesta azulgrana, el segundo y fundamental papel representado por Dani Alves durante sus ocho temporadas en el equipo, el que explica tanto lo triunfante de la composición final como su relevancia en ella, fue, en este caso, el de obbligato, el de interprete indispensable encargado de acompañar la actuación de un solista. Nadie ha entendido como él a Leo Messi sobre un campo de fútbol. Lo que da y lo que pide el astro argentino. La estrecha relación entre ambos consolidada en el corazón de los títulos culés, tomó forma a partir de una interpretación del juego compartida, de la inclinación de los dos hacia la combinación, de la tendencia de ambos a transitar la zona ancha llegando desde otros puntos del campo, y gracias a dos principios a la hora de interactuar con Messi que Alves tuvo claros como nadie: a Leo hay que darle el esférico siempre que sea posible, y después de entregárselo seguirle ofreciendo apoyos en todas las direcciones tratando de no obstaculizar su camino. Ser capaz de leer su juego con tal de anticipar hacia qué lado necesitará descargar el balón para que se lo devuelvan. Moverse a derecha, a izquierda, por delante y por detrás, procurando ver siempre al diez y que el diez siempre te vea.
Así, cuando su tiempo parecía ya pasado y el viento, impaciente, golpeaba en la ventana reclamando con fiereza un cambio, Dani volvió a convertirse en pieza clave de los títulos de su equipo. De otro triplete. El único lateral de la historia que tiene dos. En participante y protagonista de ellos y, como ha hecho siempre, en uno de esos jugadores que los explican. Volviendo a ser, como a su llegada, el lateral de tendencia interior que acercándose a la media se convertía, al mismo tiempo, en refuerzo defensivo, en superioridad para la sala de máquinas y en el mejor socio que jamás haya tenido el 10. En ese lateral de los mil trajes que siempre valió por dos.
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