De los últimos diez clásicos de Liga disputados en el Santiago Bernabéu, el FC Barcelona ha ganado siete y sólo ha perdido dos. Para el Real Madrid, enfrentar a Leo Messi en su propio estadio supone una dificultad añadida, pues le exige adaptarse a él también en el escenario donde menos deberían discutírsele sus reglas al equipo blanco. El doble campeón de Europa, ante el argentino, se ve obligado a asumir que primero está La Pulga, y que su planteamiento ganador sale tanto de sus fortalezas como de la capacidad que tenga para minimizar al 10. Mourinho lo descubrió después de encajar un 5-0, Ancelotti tras ver a Leo anotar tres goles y repartir una asistencia, y Zinedine Zidane luego de que el estandarte culé se hiciera con los tres puntos sobre la bocina en el último clásico liguero. Las recetas del Madrid para acomodarse a la realidad de un enfrentamiento contra Leo Messi han sido varias, dependiendo del momento y singularidad del conjunto merengue y del de su adversario, y han ido desde la reducción de espacios al temple del ritmo pasando por el reparto de la posesión del balón. La de Zidane, ayer al mediodía, resultó nueva.
El técnico francés del Real Madrid apostó de inicio por la presión, una fórmula poco experimentada hasta la fecha en los Madrid-Barça pero que respondió a dos condicionantes relacionados con la capacidad de contraatacar de ambos conjuntos. Del lado local, la no presencia de Gareth Bale reduce sus opciones de llegar arriba defenideno abajo, y por parte de los visitantes, la pérdida de una figura como la que representaba Neymar, o como la que se espera que represente Dembélé, la resta velocidad y amenaza a la espalda de una defensa rival adelantada. Subiendo la línea de su zaga, y acercándola a la de un mediocampo plantado en campo rival, pretendía Zidane negarle la opción al Barça de correr entre líneas, a cambio de la posibilidad de que lo hiciera donde hoy menos inquieta. La apuesta fue ganadora durante 45 minutos en los que su rival no consiguió altura ni continuidad con el balón en los pies, y en los que el ambicioso plan defensivo local situó las coordenadas del partido más cerca del área de Ter Stegen que de la de Keylor Navas. El riesgo que tomó Zidane fue un emparejamiento hombre a hombre por todo el campo cuando el Barça construyera juego desde atrás, con la novedad de Mateo Kovacic trabajando directamente sobre Sergio Busquets y sin hombre libre contra los delanteros culés.
Ernesto Valverde había diseñado un partido de mínimos, consciente de su ventaja en la tabla y de la necesidad de su adversario, en el que arriesgar poco, asegurar mucho y provocar que al partido le pasaran pocas cosas. Al respecto efectuó dos ajustes en su estrategia. En primer lugar, intercambió las posiciones de Rakitic y Paulinho, pasando el croata a cerrar junto a Sergio Busquets para brindarle al mediocentro un refuerzo más posicional y con mayor capacidad de no comprometer el control del esférico, y lanzando al brasileño al ataque desde una muy matizada posición de partida en banda derecha. El matiz vino provocado por el hecho de que aunque sin balón el Barça insinuara una línea de cuatro ancha como las que viene formando habitualmente, ante el presumible rombo madridista la tendencia de Paulinho e Iniesta fue más central que escorada, provocando, también del bando culé, el enfrentamiento directo entre laterales. Del mismo modo que Marcelo y Carvajal cuando la posesión era azulgrana, Jordi Alba y Sergi Roberto salían muy arriba a defender a su par, sin miedo aparente a comprometer su espalda, instruidos en la importancia de los laterales blancos como focos de peligro ofensivo.
Así las cosas, el segundo tiempo exigía una reacción de Valverde con tal de cerrar la vía de agua abierta por Zidane en las orillas de la defensa del Barça, pero sorprendentemente la primera noticia de la reanudación la aportó el galo. Desde que arrancó la segunda mitad, el Madrid cambió la presión por el repliegue, una decisión que se tradujo en la generalidad del conjunto local pero que se hizo especialmente visible en la figura de Kovacic. El croata, del 1 al 45 había desempeñado una doble función sin balón según la zona del campo por dónde éste se moviera. Si el rival trataba de construir desde atrás, su vigilancia era sobre Sergio Busquets con tal de negarle el apoyo y la continuidad a la salida de balón azulgrana, mientras que si pese a todo los culés lograban avanzar con el cuero y adentrarse en campo rival, Mateo asumía funciones de doble pivote al lado de Casemiro pasando sus atenciones defensivas del mediocentro catalán a Leo Messi. Tras el cambio del Madrid al descanso, no obstante, durante la segunda mitad, Mateo sólo reprodujo el segundo comportamiento.
– A la izquierda, las alturas de Kovacic en el 1er y el 2º tiempo. A la derecha, el mapa de calor del Barça en cada una de las dos mitades. (squawka-com)-
Menos presionado y con Busquets activado, el Barça empezó a construir caminos seguros para avanzar con el esférico, situarse en la mitad madridista y juntar en ella a un gran número de efectivos. Al tiempo que crecía la necesidad de un Madrid obligado a reducir distancias, aumentaba el tiempo que los de Valverde podían mantener en su poder la pelota, y la altura del campo en la que manejarla. Con los laterales ya arriba como mecanismo para arrastrar hacia fuera a su oponente y de este modo aclararle el paisaje interior a Busquets y compañía, convertido Sergi Roberto en punto de apoyo y de gestión en el perfil derecho, y activándose Jordi Alba en la izquierda como receptor del pase.
Además de por este ajuste, también contribuyó a la seguridad defensiva visitante la cada vez más pronunciada tendencia de Cristiano Ronaldo de abandonar la cal para introducirse en el área, en pos de alcanzar una autoridad en el remate que hasta entonces su equipo no había tenido. Sin embargo, pudiendo ahora el Barça presionar arriba después de haber juntado pases y jugadores más allá de la divisoria, corregido el problema de los laterales y eliminada la referencia abierta que había permitido al Madrid juntarse arriba y girar al Barça hacia la esquina, el nuevo escenario facilitó que la defensa culé en todo momento se desarrollara de cara, mirando hacia Keylor Navas, y en disposición de lanzar la transición a partir de un arranque mucho más favorable. Sirva como ejemplo el origen de los dos primeros goles azulgranas, en los que primero Sergi Roberto y después Gerard Piqué pueden hacerse con el cuero ya orientados hacia adelante y sin necesidad de darse la vuelta para hilar la fase defensiva con el ataque. El lateral derecho catalán, sin la amenaza directa de un Cristiano desplazado al centro, pasó a ejercer como un centrocampista más, en este caso rebañando las posibilidades de los espacios que encontraba por fuera. Con cinco centrocampistas sobre el terreno de juego, por delante en el marcador y establecido el juego cerca de las zonas de influencia de Leo Messi, el Barça, de nuevo, disfrutó en el Bernabéu.
Artículos relacionados:
– Foto: Denis Doyle/Getty Images

