
A años luz de esta realidad existe otro fútbol, más modesto, donde se encuentra parte de la esencia del deporte y la competición. Donde se juega más por la recompensa a todos los sacrificios de la temporada que por el reconocimiento de unos focos esquivos. Recuerdo las palabras de un entrenador vinculado al mundo del deporte no profesional que me explicaba que la clave está en el sacrificio diario. Que cuando un deportista se queda en casa por la noche mientras sus amigos salen de fiesta, o sacrifica una cena con la pareja por asistir a un entrenamiento, cundo estudia para un examen hasta altas horas de la madrugada después de un entrenamiento de horas, o sale a correr a primera hora cada día haga frio, calor o llueva. Que cuando una persona antepone todo a su condición de deportista, y para quien ser amigo, novio, padre o hijo son aspectos que poner en perspectiva, llegado el momento de la competición no puede permitirse no entregarse al cien por cien. No puede permitirse el fracaso porque no existe sensación más dura para un deportista que sentir que el esfuerzo y el sacrificio de toda una temporada no ha servido para nada. Sentir que todo ha valido la pena es lo único que queda cuando no se compite por dinero ni por el reconocimiento.
Hoy toca celebrarlo. Ya habrá tiempo para planificar la próxima temporada. Será mañana, pasado o la semana que viene cuando tocará sentarse y enfrentarse a la ingrata tarea de decidir qué futbolistas deberán abandonar la plantilla, aunque todos merecerían disfrutar del premio que será poder enfrentarse al Celta, a la Real Sociedad o al Zaragoza de Marcelino. Será el momento de dejar las emociones y los sentimientos a un lado y pensar en el bien de la institución, en poder formar un grupo con capacidad para mantenerse en la categoría y que a la vez sea sostenible a nivel económico, y para ello Javi Salamero, junto al cuerpo técnico, deberán tomar decisiones muy difíciles. Sirva como ejemplo el caso de Albert Serra, quien no creemos que vaya a ser uno de los que abandone el equipo, pero cuyo caso es perfecto para exponer la crudeza de las siguientes semanas. Tras el partido, el jugador nacido y criado en «terres gironines», con las emociones a flor de piel y cuestionado por sus sentimientos al haber logrado el ascenso, confesaba que lo que más ilusión le causaba, el motivo de que se le llenara el pecho de orgullo era que su hijo le habrá visto jugar en Tercera, pasar por la Segunda B y ahora estrenarse en la Segunda División de nuestro fútbol. Imaginarse teniendo que tomar la decisión de comunicarle al jugador que no se cuenta con él para la siguiente temporada es darse cuenta de lo ingrato que en determinados momentos puede ser el trabajo de director deportivo.
Pero para todo esto ya habrá tiempo, ahora es momento de alegría, fiestas y celebraciones, porque tras un año de sufrimiento, de entrega, de trabajo y de sacrificios, todo ha valido la pena y los jugadores y técnicos disfrutan de la recompensa a su esfuerzo. Porque el fútbol esta vez ha sido justo y el Girona, 49 años después, vuelve a ser de Segunda.
