La que algunos denominaron como la final de la década, fue finiquitada con solvencia por un equipo que es ya eterno, de leyenda. Hablar con esta contundencia del desarrollo de una final de Champions League, del partido cumbre de la seguramente competición más potente del planeta, puede parecer presuntuoso, pero la realidad es que el Barça logró empequeñecer a un rival, que ante cualquier otro equipo -a excepción quizá del Real Madrid- hubiese partido como favorito de la final. No hablamos de un equipo bien intencionado, con algunas gotas de calidad en determinados jugadores y con un entrenador notable. Hablamos del animal competitivo que supone el Manchester United de Sir Alex Ferguson, uno de los tres mejores equipos de Europa y uno de los máximos dominadores del fútbol continental en los últimos años.
Pero es que ante este Barça de Guardiola, si el equipo catalán logra imponer su discurso, muy poco pueden hacer los rivales, y para colmo, seguramente no haya habido en la historia otro conjunto con más armas para lograr ese fin: dominar el partido. El objetivo de los rivales es el de entorpecer su juego y evitar que el Barça despegue, porque si lo hace, se relativiza, por ejemplo, la importancia de tener una pareja de delanteros de la magnitud de la formada por Chicharito y Rooney, que en la final, entre ambos, solo dispararon en una ocasión entre los tres palos, la jugada del gol.
En base a esta idea, para Ferguson, no poder contar con Fletcher de inicio, fue un duro golpe. El escocés debía ser un hombre clave en el planteamiento que desde una asumida inferioridad estaba obligado a plantear el United. Era factor corrector de Carrick, el empuje a la presión adelantada de la media y la defensa sobre la recepción de los interiores azulgranas. Sin él, Ferguson tenía la opción de mantener la estrategia pero con piezas de un nivel inferior -Anderson o O’Shea- o cambiar y buscar la ventaja en otro punto. Ferguson optó por esta segunda alternativa y arriesgó. Hizo más largo al equipo buscando la recuperación en primera línea, especialmente sobre la salida natural del Barça, la banda derecha donde se localizan Alves y Xavi, sobrecargándola con el trabajo de Park y el sacrificio de Rooney. Como la recuperación ya no se esperaba en la media, sino en una línea más adelantada, en el lugar de Fletcher se situó Giggs para castigar con balón. No obstante, Ferguson asumía un riesgo casi negligente en caso de que el Barça lograse superar esa primera línea de presión, pues exponía a una pareja tan vulnerable defensivamente como la que componen Giggs y Carrick, al triángulo Xavi-Iniesta-Messi.
Por eso, una vez superadas las dificultades iniciales en la salida, gracias en gran parte al intercambio de posiciones que en esta fase del juego protagonizaron Busquets y Xavi, en un comportamiento que esta temporada ya se ha visto en otras ocasiones como en el partido de ida ante el Arsenal en el Emirates, el dominio del centro culé fue absoluto y le permitió someter cómodamente al United. Ante la superioridad de la media del Barça, el United echó mano de los volantes para apoyar sobre el carril central a unos desbordados Carrick y Giggs. No obstante, la presencia en banda derecha culé de Dani Alves limitaba las ocasiones en que Park podía trabajar sobre los interiores. Ahí, la lectura del brasileño fue excelente leyendo las distintas situaciones e interpretando el momento de sus apariciones en ataque. Si Park aguantaba su marca, se abría para hacer el «aclarado», si el coreano acudía sobre Xavi, primero generaba superioridad numérica y cuando la ventaja estaba creada, atacaba la banda de Evra. El del sábado fue un partido exigente para Alves, tanto en ataque como en defensa, ya que a la ya mencionada sobrecarga del United sobre su perfil -con Park, las caídas de Rooney, Giggs y las posibles apariciones de Evra- se unía el planteamiento de un Guardiola que cambiando de banda a Pedro y centrando a Villa, le regaló toda la banda al lateral -con el inestimable apoyo en transición ataque-defensa de Mascherano desde la demarcación de central derecho-.
La posición de Pedro en banda izquierda era una posibilidad que apuntamos en la previa ya que Guardiola la había puesto en práctica, con éxito, ante el Real Madrid como medida para generar mayores espacios al triángulo Xavi-Iniesta-Messi, y especialmente al manchego. Puesto que en ambos casos el duelo individual resultaba favorable al canario, con este cambio en la posición de Pedro, el Barça no sólo impedía que Fabio -antes Arbeloa- se convirtiera en una ayuda interior, sino que ahora, era él quien necesitaba de apoyos para no verse superado por el extremo. Los jugadores que estaban a su alrededor -Ferdinand y Valencia principalmente- tenían un nuevo foco de atención sobre el que diversificar sus ayudas, dando una mayor libertad a los hombres clave del Barça, en especial al jugador más próxima esa situación, Iniesta. Si a esto añadimos que la posición centrada de Villa implicaba fijar a los centrales en una posición retrasada, aumentando la distancia respecto a la línea de medios del United y limitando la eficacia de la defensa sobre los mejores hombres del Barça. Xavi, Iniesta y Messi definieron la final, pero el desarrollo de Alves, Pedro y Villa fue decisivo para ofrecerles el mejor escenario posible. Sin duda, los goles del canario y el asturiano, fueron una merecidísima recompensa a su valiosísima labor a lo largo del partido.