Cuando la derrota hace acto de presencia, es momento de desempolvar antiguos tópicos. Nunca fallan. No importa la situación ni el contexto, ahí están como salvavidas para poder ventilarnos de manera simple realidades que requieren de una profundización más compleja. En lo que a tópicos se refiere, como en todo, los hay más molestos y otros más sofisticados. Entre los primeros las ineludibles referencias a la actitud y al físico. No hay crisis de resultados que no venga acompañada de la crítica a la preparación física del equipo.
Para darle una pretendida sofisticación a estos argumentos tan simples, el recurso infalible es hablar de la presión. Nadie podrá decir que no hablas de fútbol si tras dos malos resultados dices aquello de «este equipo ya no presiona como antes» como si la presión fuese la única fórmula válida, y reduciéndola, además, a una cuestión de predisposición. Uno y otro, el tópico simple y el pretendidamente sofisticado, no están tan lejos, y de análisis futbolístico, en ambos, poquito.
En este artículo, pues, intentaremos justamente ver desde ese prisma la cuestión de la presión. Con pros y contras, que los tiene, porque no hay fórmulas mágicas, y una argumentación que tenga en el juego su punto de partida. Desenmascarar a la presión y ver qué se esconde detrás.
Ante todo, hay que dejar algo claro. La presión no es un principio fundamentalmente físico ni de predisposición al esfuerzo. Su base es estrictamente futbolística. No sólo por ser algo que se deba aprender y perfeccionar -de lo contrario, no se entrenaría, se diría-, sino porque su clave no radica en el jugador sino en el balón. La presión no es una tecla que se active. Sólo puede existir correctamente como consecuencia de un escenario previo.
Las variables ineludibles son dos. Dónde está el balón cuando se pierde, y la posición de los jugadores en ese momento. No es lo mismo perderla en un extremo, con el equipo juntito en el pico del área, que hacerlo en el circulo central con el ataque desplegándose. La clave de la presión del Barça estas temporadas ha sido esa. Seguramente la pérdida de más calidad que haya existido, y el equipo que más ha tiranizado en campo rival. El Barça siempre la perdía en ventaja, y la presión venía sola.
El contrario encerrado en su campo y, por lo tanto, sin buenas opciones para salir, el Barça al completo en la mitad del rival, todos cerca del balón, y el esférico siempre rondando la frontal del adversario. Sin eso, ya puedes correr cuanto quieras. De hecho, por eso se inventó la presión, para correr menos, y por eso es tan fácil convencer a los delanteros de aplicarla. Henry, Iniesta, Villa o Neymar, prefieren mil veces cinco segundos de presión sobre la pérdida en campo rival, que correr arriba y abajo 40 metros en cada transición.
Lo que ha perdido el Barça no es la presión, sino esa pérdida de calidad. Ha perdido la capacidad de juntarse arriba, toda vez que los rivales contrarrestan al Messi falso nueve con una línea defensiva muy alta, el equipo no amenaza en profundidad y Xavi ya no sitúa a los 22 en la misma mitad del campo. No es casual que el mejor tramo defensivo del Barça de Vilanova coincidiese con la aparición del triángulo Alba-Cesc-Iniesta en banda izquierda. Iniesta para juntar al equipo arriba y los catalanes para entrar disparados mientras el balón dormía en los pies del manchego.
Y sin esa pérdida de calidad, presionar es hasta contraproducente. Lo hemos visto recientemente ante el Bayern de Múnich, con especial crudeza en la ida. Cuando el escenario no es el adecuado, lo único que consigue el futbolista lanzándose a la presión es desnudar su posición. Y bastante tiene este Barça con la defensa estática como para, además, prescindir de un jugador.

