
Sin su mediocentro habitual, Lucho optó por adelantar la posición de Fontás y dar entrada a Aurtenetxe en la zaga, y la combinación fue exitosa. Acostumbrado al técnico asturiano, Andreu interpretó de maravilla la salida de tres, con los centrales abiertos y el mediocentro bajando hasta situarse entre ellos. Un mecanismo de salida que dio protagonismo a los interiores, y especialmente a uno con tantas ganas de balón como Rafinha. Como si fuera su hermano, una y otra vez se acercó a la base para recibir el pase, pero a diferencia de Thiago, lo hizo sin que un compañero estuviese ya ocupando esa zona. La zona de influencia de Rafinha, pues, empezaba desde bien atrás, desde el circulo central o la divisoria, y terminaba dentro del área. Prueba de ello fue el gol, su primer gol con el Celta, tras un rechace a centro de Augusto desde la derecha. En la izquierda su socio fue Nolito, otro ex azulgrana. Quienes le vieron en el Mini Estadi, ya conocen su afición a aglutinar balón. Eso a Rafinha de momento le va bien -también a Jordi, el lateral- ya que le limpia rivales y espacio. Después se la devuelve de cara y con el terreno descubierto.
El caso es que el Celta jugó bien, muy bien a ratos, ya dijimos hace dos semanas que pocos equipos de la mitad baja de la tabla pueden presentar el arsenal ofensivo de los celtiñas. Generó juego y ocasiones, pero no concretó. Los pesimistas verán en esto un motivo de preocupación: «si no defienden bien y las que tienen arriba no las convierten en gol…» Otros, los optimistas, lo achacarán a la puesta a punto y a la experiencia, que les dice que a principio de temporada siempre se mete menos de lo que se falla. Sea como sea, el caso es que el Granada puso el gol del empate final, y dejó a un Celta invicto pero que todavía no sabe lo que es ganar en casa. Mientras tanto la afición espera. Tiene buenas sensaciones y ha visto a su equipo hacer buen fútbol. También ha visto a Rafinha. Dos veces.
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