Señalaba con buena puntería Miguel Quintana, en uno de los últimos programas de Mr. Underdog, que buena parte de los problemas futbolísticos que viene atravesando el Barça en los últimos meses son debido a cuatro pérdidas: A la merma en su estructura, en su calidad individual, en su confianza y en su amenaza goleadora. En algunos casos fruto de un proceso progresivo y en otros de forma más abrupta, la suma de las cuatro han terminado por dibujar a un equipo cada vez más laxo a nivel táctico, sin haber podido relevar con éxito a su generación más exitosa, castigado por los golpes sufridos en Europa y sin atajos para cobrarse a nivel numérico más de lo que amerita su juego. Cuatro pérdidas relacionadas entre ellas que, como mezcla, han formado un coctel letal para los intereses de los azulgranas. No puede responder con argumentos individuales a su desestructuración colectiva, ni sobreponerse como conjunto al descenso de nivel que viven todas sus posiciones; no disfruta de soluciones simples en materia goleadora con las que esquivar lo anterior o que le sirvan como alimento para reforzarse en lo anímico, al tiempo que su baja autoestima como equipo resaltan y marcan a fuego los límites de las demás carencias.
No se trata de una situación que haya aterrizado en el Camp Nou de la noche a la mañana sino después de encadenar errores durante años, por lo que lo lógico sería pensar que tampoco el remedio podrá ser inmediato. El Barça tiene muchos pasos que reandar. Sergi Barjuán, en su papel de interino, ha optado por orientar los primeros pasos de la recuperación poniendo el foco en el orden estructural del equipo. En su sustento posicional. Lo hizo ante el Alavés y de nuevo el martes en Kiev, planteando un 1-4-3-3 más próximo al canon de lo que ha sido costumbre recientemente en Barcelona. Ocupando la banda con dos extremos, escalonando a los interiores por delante del mediocentro y dejando para los laterales un papel menos exigente en materia atacante. Su estreno en Champions, sin embargo, sí presentó alguna novedad en el plano individual con consecuencias en el juego del equipo. Así constaron la vuelta de Ansu y Lenglet, y especialmente la de un Frenkie de Jong que compartiendo la medular con Sergio Busquets y Nico desplazó a Gavi a la banda para que actuara por delante de Mingueza en el carril derecho. Y es que con la reubicación de Gavi en el costado, los interiores del Barça quedaron ocupados por dos jugadores que, aun pudiendo jugar por delante del pivote, fluyen más cómodos llegando desde atrás a la frontal. Yendo de abajo hacia arriba y acompañando la jugada mirando hacia la portería contraria.
Tanto De Jong como Nico sufren más que Gavi cuando deben perfilarse, recibir y girarse situados entre líneas y con el rival reduciendo espacios. Por eso, con éste último presenta en la banda, a la circulación culé le costó más trabajo conquistar posiciones en tres cuartos de campo a través de sus centrocampistas a pesar de la buena predisposición de Eric García, Busquets o Lenglet para encontrarlos con el pase. Durante el primer tiempo, en su lugar fue Memphis Depay el futbolista del Barça más insistente en los apoyos a la espalda del mediocampo rival, separándose de los centrales del Dinamo desde su posición de delantero centro para activarse en la mediapunta. El problema para los de Sergi fue que, con Nico y De Jong separados de Busquets, las aproximaciones del neerlandés apenas disfrutaron de opciones para el pase atrás. Los interiores a menudo esperaban más adelantados que el propio Memphis, y tanto Alba como Mingueza demasiado abiertos para ejercer como su relevo, obligando al punta a forzar la acción y a arriesgarse a una pérdida de balón que expusiera más de la cuenta la transición defensiva visitante. Llegado el descanso, Sergi intervino para resolver el desajuste devolviendo a Gavi al carril central dándole estatus de falso extremo.
– Foto: David Ramos/Getty Images

