El Barça lo tenía. Había logrado lo más difícil, reinventarse, asumir el vértigo como camino, desterrar el control absoluto que lo convirtió en eterno. El proceso, sin duda, fue duro. Casi nadie ha logrado encadenar proyectos vencedores sin rupturas más o menos traumáticas. Tito Vilanova, su cuerpo técnico y sus jugadores lo habían logrado. Fueron lo suficientemente valientes para caminar por lo desconocido, y tuvieron la seguridad suficiente en si mismos como para lanzarse a la nueva aventura. El Barça volaba y parecía volver a ser invencible. Dos lastres arrastraba, la poca seguridad de la pareja de centrales y un Valdés que no para, pero el plan funcionaba. Incluso había dejado de conceder atrás. El buen juego es la mejor medida defensiva. Pero actualmente, los azulgranas no están ahí.
Parece que el equipo duda o al menos no se siente tan seguro de si mismo. La facilidad con la que los rivales le crean peligro a las puertas de las grandes citas, un Madrid que hizo fallar su planteamiento habitual obligando a Iniesta a perder su posición clave de falso extremo izquierdo y, creemos, la ausencia de Tito Vilanova, parecen haber afectado a la confianza del grupo. El equipo ha ido sacando adelante los partidos, pero no debemos olvidar que el escenario es verdaderamente compleja. Imaginar al United sin Ferguson, al Madrid sin Mou, al Atlético sin Simeone o al PSG sin Ancelotti nos puede dar una idea de lo excepcional de lo excepcional de la situación. Tito es el gran artífice del cambio, de la transición futbolística de un equipo que cuenta prácticamente con los mismos jugadores. Y ahora no está.
Anoche el Barça recuperó su traje antiguo, el que antaño le hizo grande. El horizontal, el del segundo de más antes de soltarla…el traje que ya no le sirve, porque aunque las piezas sean casi las mismas, han pasado los años y ya no pueden hacer lo mismo. Cuando el Barça apuesta por el control, ya no encuentra el camino fácil para que las ocasiones se sucedan. Ante el Milan, durante todo el partido, estuvo my lejos del gol. Tanto con jugadores que amenacen la espalda como sin ellos, con Iniesta dentro o fuera. El problema no es ese. El equipo, jugando a lo que jugaba, ya no le vale para darle ritmo a las ocasiones de gol, ahora su camino es el vértigo, y sin él está condenado bien a la improductividad, bien al riesgo excesivo para forzar la situación.
El Milan, por contra, lo tenía claro. Aún más, cedió el balón al Barça sin complejos. Saldría a correr. 4-5-1 sin balón para salir disparados tras forzar la pérdida del Barça. Por eso, Allegri acercó a Boateng al área. La velocidad de las contras rossoneras no le habría dado tiempo a llegar, ahora que ya no está Zlatan para pisarla y esperar, pero el ghanés es gol, y eso en Champions es vida. Así pues, Allegri lo situó en el tridente ofensivo. Boateng no llegaría, estaría.
A las puertas de la eliminación, al Barça le queda un mes, más que para encontrar soluciones, para encontrar confianza en su plan. Ahora no la tiene. Tampoco tiene al hombre que lo convenció. Será difícil. De momento afronta el pase a la final de la Copa del Rey ante el rival más fuerte. Otra dura prueba para un grupo que no está en su mejor momento. Lograr el pase, eso sí, sería un rearme de moral importantísimo.

