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Donde Guardiola entrenó por primera vez

Donde Guardiola entrenó por primera vez

Algunos defienden que desde el justo momento en que Pep Guardiola dejó de ser jugador del Barça, empezó a pensar en su futura carrera como entrenador. Otros que incluso antes. Que por eso, por ejemplo, tras la negativa de una Juventus a la que el traspaso de Zidane al Madrid había cambiado la planificación, optó por quedarse en Italia y empaparse de un fútbol distinto aunque fuese en un modesto como el Brescia. Después ficharía por la Roma de Capello, otra vez el Brescia y más tarde también se enrolaría en una aventura de dos años por Qatar. No fue hasta 2005 que Pep empezó el curso de entrenador. Desde Inglaterra llegaron algunos ofrecimientos para alargar unas temporadas su trayectoria como futbolista profesional, pero el de Santpedor los rechazó. En sus planes ya no estaba ser futbolista, iba a convertirse en técnico. A mitad del curso, sin embargo, se produjo un alto en el camino. Al teléfono Juan Manuel Lillo, desde México.

Seis meses antes el técnico tolosarra había firmado por el Dorados de Sinaloa, un club con apenas dos años de historia que asomaba la cabeza a la primera división mexicana, y le ofrecía sumarse al proyecto. Todavía como jugador, o eso fingieron ambos. Josep Guardiola -a partir de entonces Joseph Guardiola- no lo dudó: su última parada como futbolista sería en un modesto equipo mexicano, luchando por no descender, en una de las ciudades más peligrosas del mundo. Entrenaba Lillo, y Joseph tenía mucho que aprender. Su carrera como futbolista terminó en Mexico, pero pudo hacerlo antes. De hecho estuvo a punto en el 2000, cuando de haber ganado la candidatura de Lluís Bassat a la presidencia del Barça, el de Santpedor habría sido el director deportivo del club. Pep, en campaña, no quiso descubrir nombres, pues prefería que se hablara de proyectos, pero siempre se dijo que su entrenador, a la espera de que Ronald Koeman cumpliera el año de contrato que le quedaba en Amsterdam, iba a ser justamente Juanma Lillo. El tiempo los juntaba en Culiacán, capital del estado de Sinaloa.

Pep llegó al Dorados con la promesa de estar muy próximo al míster. Lillo veían en él su prolongación en el campo y le daba manga ancha. Tanto que por momentos el papel de uno y del otro se confundían. Su liderazgo, el bagaje de la experiencia y una liga tan tierna como la mexicana, lo legitimaban para ser algo más que un igual entre el resto de futbolistas. En las sesiones de entrenamiento se implicaba, corregía y hasta se llevaba aparte a algún compañero para aleccionarle sobre alguna cuestión de índole técnico o táctico. Si era preciso, los dos, maestro y aprendiz, se quedaban después del entrenamiento. Estudiaba al rival, anticipaba los escenarios del partido y se volcaba especialmente con los más jóvenes. En el campo seguía mandando, como ha hecho siempre, y fuera de él, cuando alguna lesión le privaba de calzarse las botas, en la banda del Estadio Banorte se vivían escenas que hoy nos serían muy familiares. Vestido de calle su lugar no era la grada, sino cerca de Lillo, y las instrucciones que el de Santpedor repartía en el campo de entrenamiento las transmitía todavía con más entusiasmo con el partido en marcha. Lillo, más pedagogo, más reposado, le cedía gustoso el área técnica mientras contemplaba el tránsito. Del jugador que entrenaba, al entrenador que jugaba.

En Culiacán, Joseph no sólo se acercó a la metodología de Lillo. Cuando Guardiola aterrizó en territorio azteca, ya hacía algunos años que el argentino Ricardo La Volpe dirigía al combinado nacional, cargo que ostentaba después de una larga trayectoria entrenando a varios equipos del país. Tiempo más que suficiente para que la idea de juego del seleccionador impregnara a la liga, dando lugar a lo que se conoce como una escuela Lavolpista entre los técnicos mexicanos. Por ejemplo, Daniel Guzman Castañeda dirigía al Atlas de Guadalajara, Rubén Omar Romano al Cruz Azul, José Guadalupe al Club León, y el actual seleccionador, Miguel Herrera, al Monterrey. Aunque nunca llegó a encontrarse personalmente con Lavolpe estando en México, Guardiola trató de acercarse a su escuela, de la que le interesaban especialmente los sistemas que aplicaba en la salida desde atrás. En junio de 2006, Pep escribía en el periódico El País:

Ricardo Lavolpe, argentino él y seleccionador mexicano, ha escogido que su defensa salga jugando. No que empiece jugando, que es otra cosa. Para Ricardo Lavolpe, empezar jugando es pasarse la pelota entre los defensas, sin mucha intención, para pasar la pelota algunas veces y lanzarla, la mayoría de las veces. Pero Lavolpe obliga a otra cosa. Obliga a salir jugando, que no es otra cosa que jugadores y pelota avancen juntos, al mismo tiempo. Si lo hace uno solo no hay premio, no vale. Han de hacerlo juntos. Como lo hacen los novios cuando salen juntos.

Escribía Guardiola a propósito de la selección mexicana en el Mundial de Alemania, cuando la salida lavolpiana se presentó en sociedad en una gran cita. Se trata de una salida de balón con tres hombres que resulta cuando los laterales avanzan simultáneamente para ensanchar el campo, los centrales se separan y dejan el carril central para que el mediocentro se incruste entre ambos. En aquel combinado los tres protagonistas de la salida de La Volpe eran Ricardo Osorio, Carlos Salcido y Rafa Márquez.

Curiosamente, y pese a la admiración de Guardiola por este mecanismo, cuando el técnico y el Kaiser de Michoacán coincidieron en Barcelona, Pep no lo aplicó. Seguramente porque en la salida lavolpiana la figura más protagonista es la del mediocentro y si con La Volpe Márquez lo fue, con Guardiola siempre actuó como central. Sí lo intentó en su segunda temporada como técnico del primer equipo, no con Márquez -primero lesionado y después muy lejos de su mejor versión- sino con Touré. El marfileño empezaba a tener algunos problemas para leer el intercambio de posiciones que requería la salida para encontrar a Xavi, y Guardiola, recordando lo aprendido en México, hizo bajar a Touré entre centrales para vaciarle el espacio de la recepción al 6. Finalmente explotó Busquets, por aquel entonces el mediocentro perfecto para Xavi, y como la salida lavolpiana tampoco había dado un resultado extraordinario, Guardiola desechó el plan. Momentáneamente. Ahora en Múnich sí tiene las piezas: dos laterales largos, dos centrales -uno diestro y uno zurdo- que se sienten cómodos aproximándose a la cal, y un abanico de posibles mediocentros que cumplen con el papel de protagonista iniciando juego. A veces Lahm, otras Toni Kroos y otras Schweinsteiger -que ya desempeñaba este papel con Heynckes- le permiten a Guardiola apostar por la lavolpiana.

La andadura de Guardiola en el Dorados de Sinaloa no terminó bien. Pese a finalizar la temporada más o menos lejos de la parte baja de la clasificación, el sistema de porcentajes hizo que el equipo descendiera. Guardiola volvió a España y terminó el curso de entrenador. Ya lo era. Seguramente desde mucho antes, desde siempre, pero seguro desde su experiencia en México. Desde Lillo, el Dorados y los Lavolpistas. Después llamaría el Barça para darle las riendas del filial. El resto es historia.

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