
Por eso su primera mitad en el Barça-Madrid de anoche vino marcada por una desaconsejada mutación. El Barça de los delanteros, el que corre, transita y prácticamente no se para, salió a bajarle el ritmo al juego. Su salida fue calmada, pausada y casi especulativa. Incluso pudiendo acelerar, reposaba, sobre una circulación muy lenta volcada sobre el futbolista que más cómodo podría sentirse en ella. Andrés Iniesta fue el hombre potenciado por el planteamiento de inicio, tanto por un ritmo que se le acercaba como por un juego que buscaba a su sector como descanso. Tocó el balón en más del doble de ocasiones que Rakitic, igual que Jordi Alba respecto a Dani Alves, y fue el núcleo sobre el que pivotaron las combinaciones de su equipo . En este perfil izquierdo que iniciaba en los pies de Mathieu o el lateral izquierdo, también Neymar contactó con el cuero con reiteración, aunque en su caso el ritmo tranquilo no se le acompasa y se mostró muy errático y desacertado en el gesto técnico. En frente, la defensa de Ancelotti aceptó de muy buen grado este sorprendente inicio catalán. El italiano dispuso a su equipo sin balón en un 1-4-4-2 con Gareth Bale e Isco en las bandas, y ordenó guardar la posición y no meter el pie. El Madrid flotaba al azulgrana que tenía el control del balón, cerraba líneas de pase y esperaba el error. En lugar de recuperar, aguardaba que el Barça la perdiera.
Con este escenario parsimonioso de pulsaciones muy bajas en cuanto al juego, los ataques y las defensas casi siempre se produjeron en un escenario de once contra once. En 45 minutos, por ejemplo, los azulgranas solamente contragolpearon un par veces pese a poder hacerlo más. Al Barça de las transiciones le tocó afrontar, a ambos lados del campo, situaciones estáticas. Atacando en posicional, ya se ha demostrado a lo largo de estos meses que el de Luis Enrique es un cuadro que únicamente encuentra soluciones a través de Leo Messi, de su regate, su cambio de orientación hacia la banda izquierda o su pase profundo diagonal. Pero el argentino, durante la primera mitad, jugó fijo en la derecha mientras su equipo lo intentaba por el perfil zurdo. La única pieza capaz de generar desde parado, apenas intervenía cuando su equipo quería atacar. Además, en las ocasiones que el esférico rondó su parcela, el Madrid lo defendió con acierto. Juntando a Isco con Marcelo, desatendiendo a un Rakitic que en sus caídas a banda entendieron inofensivo y volcando a Kroos sobre la diagonal para cerrarle vía de escape y dificultarle un pase al área que no tuvo oportunidad de buscar. Las escasas ventajas locales en ataque durante este período las rescató un generoso Luis Suárez en pelea titánica con los centrales blancos, apoyando de espaldas en la izquierda o compensando abierto en la derecha. En una de las innumerables ocasiones en que se ofreció de espaldas al arco, forzó la falta con que se adelantaría su equipo haciendo valer, como recurso al atasco, su espectacular mejora en el balón parado.
Pese a los problemas del equipo para producir en ataque de la mano de un ritmo tan lento, lo realmente grave sucedía atrás. El Madrid, que tiene un sistema en campo rival más rico, interpretaba su partido a la perfección, estaba muy fino en lo técnico y enfrentaba a un Barça sin estructura para sostenerlo. Ahora sí con el 1-4-3-3, desbordó a la defensa azulgrana en campo propio por todos lados. Alargando los ataques para mover rivales e incorporar compañeros, jugaba a placer. Se gustaba. En la izquierda Marcelo, que ya tenía el descaro, encontraba el carril para irse arriba y aparecer tanto por dentro como por fuera para desequilibrar o combinar con Isco o Cristiano Ronaldo. El portugués, amplio, insistió por banda y apareció por dentro para intercambiar cartas de amor con Benzema, mientras en la derecha Modric servía como catalizador de Bale y Carvajal, con Kroos dominando la escena y la panorámica desde atrás. El caudal era infinito. La cadena de pases fluía, dañaba y era profunda, las posiciones abiertas y el acierto total. Les faltó la definición y les sobró Piqué. Secundado por Mathieu y Claudio Bravo, el central es, junto al dominio culé a balón parado, la explicación de que su equipo sobreviviera a una fase de sometimiento tan decantado a favor del rival. Heroica actuación la del catalán que pasa a engrosar su particular álbum de oro y que permitió al Barça irse al descanso con el empate como noticia positiva teniendo en cuenta lo que se había visto en el primer tiempo.
Era evidentemente que en la segunda mitad el Barça tenía que cambiar, y lo hizo desde el minuto uno de la reanudación. Fue el Barça de esta temporada, con sus virtudes y sus defectos. El que es. En el segundo período no desestimó ni una sola oportunidad para salir a la contra, transitar rápido o apoyarse en un colosal Luis Suárez para jugar directo. Otra vez el uruguayo fue el origen del gol culé, un tanto que afectó decisivamente al marco emocional del encuentro, hirió la delicada confianza con la que el Madrid llegaba a la cita y deparó una segunda parte diametralmente opuesta a la primera. A la actitud y voluntad de correr de los locales , se unió un Madrid alterado, sin pausa cuando salía ni cuando le tocaba esperar. Dejó a un lado la defensa pasiva, metió el pie, y el Barça, a gran velocidad, lo esquivó. Además con Messi por dentro, filtrándose entre líneas en conducción, atacando directamente la desprotegida posición de Kroos y encendiendo la energía del partido para llevarla a su terreno. Dejaron de enfrentarse dos equipos y pasaron a hacerlo dos estados de ánimo. Los locales atacaron rápido, golpearon con el balón y multiplicaron las revoluciones del juego en base a transiciones centelleantes en las que perder el balón estaba permitido. En contraste con lo acontecido en el primer tiempo, el Barça se saltó a Iniesta.
También el Madrid verticalizó su juego, aceleró la cadena y dejó de alargar posesiones en campo rival contribuyendo, así, al escenario que prefiere el cuadro de Luis Enrique. Su respuesta anímica al segundo gol destapó las dudas que los blancos vienen arrastrando con respecto a su hoja de ruta. El Barça de los delanteros multiplicó su peligro, se agarró al talento de sus piezas defensivas para contener a campo abierto, y potenció a sus tres principales cracks. Junto a las apariciones de Messi por el carril central, fue especialmente fecunda la combinación del juego de espaldas de Suárez con la carrera de cara de Neymar. La jugada sucedía más o menos así: cuando un jugador culé se hacía con el esférico, buscaba con un pase directo a Suárez que venía a tocar de espaldas a portería sobre el perfil izquierdo del ataque azulgrana y sacando de posición al central diestro del Madrid. El uruguayo difícilmente escondía el cuero, sino que descargaba de forma prácticamente inmediata sobre un Neymar que llegaba lanzado y que tras recibir conducía con la pelota controlada por entre la removida zaga blanca. Con la posterior salida del campo del brasileño, el momento final de la acción se perdió ya que Rafinha -el hombre que lo sustituyó- tiene otras características y con él se buscaban cosas distintas en la posición, de modo que a Suárez le tocó ser el escondite del balón donde antes le hacía de pared.
Antes de eso, no obstante, lo dos primeros azulgranas que ingresaron desde el banquillo fueron Busquets y Xavi Hernández en el lugar de los dos interiores que iniciaron como titulares. El habitual mediocentro se ubicó en la derecha y el 6 en la izquierda, uno para reforzar defensivamente el costado fuerte del Madrid, el otro para lanzar y, llegado el caso, dilatar el ataque con dos o tres pases de más, y los dos para subirle un punto de velocidad a las transiciones. Una devolución rápida, un pie firme y una capacidad técnica perfecta que, sobre todo tras la entrada de Jesé al campo, permitió cerrar el partido aun manteniéndolo abierto. A la manera del Barça de Luis Enrique. No tiene otra.
