Romário en el área

DALLAS, UNITED STATES - JULY 04: WM 1994, Dallas; BRASILIEN - USA 1:0 (BRA - USA) 1:0; ROMARIO/BRA (Photo by Michael Kunkel/Bongarts/Getty Images)

Romário en el área

«Pelé sólo hay uno. Maradona también. Y Romário es único. No veo ningún sucesor. Dentro del área, fui el mayor de todos«. Romário da Souza Faria

 

Para poder jugar como delantero centro en un equipo de Johan Cruyff, había una condición: no necesitar espacio. Porque no lo habría. La idea de El Flaco consistía en jugar arriba, atacar arriba y defender arriba. Todo cuanto más arriba mejor. Hacer del campo, como él decía, un campo pequeño en el que sólo los mejores pudieran sobrevivir, y como por norma a los mejores los tenía de su lado y además, él que tan bien conocía al talento, les daría el contexto adecuado, lo habitual sería ganar. Más espacio, en cambio, los habría igualado a todos («todo el mundo sabe jugar al fútbol si le dejas cinco metros de espacio«). Dentro de ese campo pequeño, el frente del ataque, en condiciones normales, tendería a ser la zona más frecuentada por quienes quisieran llegar al gol y quienes trataran de impedirlo, de modo que a poco que el holandés no detectaba en sus delanteros la finura suficiente como para manejarse en la aglomeración -Julio Salinas- o estimaba que contar con algún metro extra podría convenirle más a su juego -Gary Lineker o Hristo Stoichkov-, rápidamente los desplazaba a la banda y descongestionaba la punta con la presencia vaporosa de un falso nueve. Un futbolista que estuviera sólo a medias, una referencia difusa, un rol a medio camino entre el de delantero y el de centrocampista que abriera espacio en el carril central y habilitara las llegadas y diagonales de los desplazados.

A Cruyff, de todos modos, no le fue extraña del todo la figura del nueve, del delantero de área. Así lo atestiguan su Ajax de Amsterdam con Van Basten en punta, el primer Barça que diseñó con Julio Salinas como hombre más adelantado o el último al que entrenara con Kodro como fallido hombre gol. A medida que fue tomando forma el Dream Team, y pese a hacerlo con la transparente y representativa presencia de Laudrup libre en el frente de ataque, ésta fue una pieza varias veces codiciada. Del propio Van Basten o del madridista Hugo Sánchez llegó a hablar Cruyff en la prensa de la época, y por eso cuando en el verano de 1993 aterrizó en Barcelona un menudo delantero llamado Romário y apodado O Baixinho, tanto el entrenador culé como su segundo, Rexach, no pudieron si no reconocer que era el nueve que les faltaba. «En el Barça, un buen delantero debe saber mover el balón con rapidez siempre, aunque disponga de un espacio reducido de terreno (…) estar siempre cerca de la portería en el momento de recibir la pelota para intentar el remate (…) Romário es ese tipo de futbolista que no necesita correr para jugar bien y que puede hacer mucho daño en un espacio reducido«.

A sus 27 años, el brasileño no era una apuesta desconocida para nadie. El club le seguía la pista desde que Cruyff arribó al banquillo culé, la plantilla se había enfrentado a él en algún partido durante sus pretemporadas en Holanda, e incluso Koeman llegó a compartir vestuario con él en las filas del PSV Eindhoven. El equipo de Guus Hiddink fue su primera parada en Europa, después de llamar la atención en la liga brasileña y de lograr la medalla de plata con Brasil en los Juegos Olímpicos de Seúl, saliendo como máximo goleador y compartiendo delantera con su media naranja Bebeto. «Mejor, así le rodarán en el fútbol europeo para nosotros» dicen que contestó Toni Bruins Slot, ayudante de Johan Cruyff. De aquella selección olímpica, el Barça a quien sí incorporó fue al central Aloisio. Un año más tarde, Romário también conduciría a la canarinha al triunfo en la Copa América de 1989, batiendo, entre otras, a la Argentina de Maradona. Conocedora de su calidad, y acreditada su voracidad goleadora en Holanda -96 goles en 107 partidos- la plantilla azulgrana rápidamente se puso en alerta.

 

«A partir de ahora no habrá tres extranjeros titulares y uno suplente; habrá cuatro extranjeros«.

 

Especialmente sus competidores más directos, los extranjeros con los que ahora, siendo cuatro, se repartiría las únicas tres plazas del once permitidas a jugadores foráneos, y particularmente los dos que por posición más podían rivalizar con él. Stoichkov, además, había defendido públicamente a su compatriota Lubo Penev como una mejor opción para el ataque, mientras que Laudrup, acostumbrado a que Johan le apretara las clavijas, se apresuró a subrayar su compatibilidad con Romário pues si el brasileño jugaba de delantero centro, él podría hacerlo en la mediapunta, acostado a una banda o unos metros por detrás en el centro del campo. Todos defendían su espacio, lo cual no era ni más ni menos que lo que se pretendía. Después de que la llegada de Richard Witschge dos años antes no lograra traducirse en una competencia real para los tres extranjeros de la plantilla, una amenaza tan seria como la que suponía Romário con el pretexto de una temporada pre-Mundial cargada de partidos, debía impedir cualquier posibilidad de relajación en los cracks del Dream Team. Partido tras partido, uno iba a esperar turno desde el banquillo. A veces sería Koeman, otras Laudrup, otras Stoichkov y otras Romário.

Cruyff, como era costumbre, jugó con eso desde la ambivalencia. En ocasiones rebajando la trascendencia de la decisión como cuando defendía que la pugna más dura la tendrían los nacionales porque catorce competirían por siete puestos, o quitándole hierro a la primera suplencia de Koeman argumentando que ésta se debía a que, de los cuatro extranjeros, Ronald era el más preparado para que ser el primero en visitar el banquillo no le afectara; y en otras disparando directamente a la línea de flotación de alguno de los cracks, como cuando, al poco tiempo de iniciarse los entrenamientos de aquella temporada e interrogado por el hipotético encaje de Romário en el esquema, se soltó con un inmisericorde: «Romário hará de Laudrup«. No mentía, teniendo en cuenta que la plaza que con más frecuencia había venido ocupando el danés era la mencionada de falso nueve, y que Romário no iba a ser otro delantero al que el plan escorara a la banda: «Con Romário no haremos ningún experimento: jugará donde hace daño, en el área«. Y es que el brasileño no necesitaba los espacios que habían tenido que encontrarse para otros. Le valía una baldosa para aterrar a las defensas, decidir partidos e inspirar a sus pasadores. Uno de los que mejor le entendió fue el joven cerebro Pep Guardiola («era como un semáforo, si se ponía de lado significaba que quería el balón«), asistente desde el mediocentro en los tres goles del brasileño el día de su debut en el Camp Nou contra la Real Sociedad: «Tiene cinco o seis metros en los que si le das cinco balones mete seis goles«.

Romário da Souza Faria era el espacio reducido en una época en que éste, poco a poco pero de forma inexorable, empezaba a desvanecerse. La infinidad de recursos para el gol, la improvisación de los genios, las posibilidades que como señaló Jorge Valdano hasta entonces sólo existían en la ficción. La magia brasileña destrozando Europa. La playa contra el césped, la tierra y la nieve. Para Cruyff, amante del talento puro, pese a que su acoplamiento en el juego de posición requiriese de algún ajuste o de alguna concesión, era el nueve soñado. En el campo pequeño diseñado por El Flaco, Romário era el mejor. En Barcelona lo fue una temporada entera, un año inolvidable inaugurado con su hattrick a la Real y coronado con la victoria, veinticuatro años después, de Brasil en el Mundial a modo de colofón y acelerado principio del fin. De septiembre de 1993 a mayo de 1994 todo el caudal ofensivo que fue capaz de generar la versión más desbocada del Dream Team, confluía en los pies del finalizador más determinante del planeta. De un delantero que en la acumulación de rivales descubría puertas abiertas, y ante la intimidante presencia de la portería y el guardameta, una panorámica inagotable. Con una velocidad en las distancias cortas y un cambio de ritmo abusivos, un centro de gravedad perfecto para la reacción y el quiebro, una definición hipnótica con el empeine, el interior, el exterior o con la punta del pie cuando parecía que el balón ya se le escapaba, y un juego de caderas hijo de Río de Janeiro, Romário fue al mismo tiempo temor, atracción y goce.

«Tendré que hablar con él porque creo que está trabajando demasiado«. Defendía Cruyff que sus delanteros sólo debían correr quince metros, a no ser que fueran estúpidos o estuvieran durmiendo, y si con Romário se evitaba lo segundo, raro era el partido que no terminara con el brasileño celebrando algún gol. «Tiene una habilidad especial para hacer goles. Es un don que tiene y confiamos en que su porcentaje de aciertos sea alto. Antes de ficharle ya conocíamos su calidad, su manera de moverse en el área y por la forma de jugar del Barcelona puede resultar un hombre definitivo. Tiene la virtud de que si llegan pelotas al área puede marcar gol. Esta tranquilidad la transmite a todo el equipo, que puede tener la certeza de que marcará. Esto es lo que no teníamos la temporada anterior«. Treinta en treintaiuna titularidades celebró en la Liga 93-94. Entre ellos tres al Real Madrid de Benito Floro en el histórico 5-0, seis al Atlético de Madrid repartidos en dos hattricks -uno en cada vuelta-, o el que puso por delante a los azulgranas jugándose el título en la última jornada. Su caudalosa anotación y lo infinito de sus recursos para la definición, además, no escondían una sensibilidad en la frontal para la combinación y la descarga íntimamente relacionada con la esencia de aquel Barça. Recibía de espaldas, protegía el balón y cuando no buscaba el giro para enfilar portería activaba las llegadas de segunda línea que en ese equipo protagonizaron Jose Mari Bakero, Amor y Txiki Begiristain, o se asociaba con alguno de sus vecinos de vanguarda.

Cruyff y Romário estaban hechos para encontrarse,  para vivirse como uno de esos amores que de intensos se sabe, mientras se disfrutan, que no pueden durar mucho tiempo. «Lo de Romário es para grabarlo» piropeaba uno. «El fútbol se mira con los ojos de Cruyff«, respondía el otro. El entrenador del campo pequeño y el delantero de dibujos animados al que, aún apodándose O Baixinho, nunca le faltó un centímetro.

 

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– Foto: Michael Kunkel/Bongarts/Getty Images

Comments:10
  • Roque 5 septiembre, 2016

    Genial articulo!!
    No me acuerdo mucho de como se fue del Barça, yo era muy crio, pero Romario jugo en Atenas 94 no? o eso fue el año siguiente? no recuerdo que fuese especialmente goleador en Copa de Europa, pero recuerdo la magia que tenian esos jugadores brasileños, Romario, Ronaldo, Ronaldinho…. que claro ahora con Messi parecen pequeñitos pero entonces me parecian sobrehumanos y magicos. Neymar tambien tiene de eso, aunque claro el otro lo tapa bastante, es una lastima lo de aquella final, hubiera sido mejor caer en semifinales y seguir desarrollando el proyecto, Zidane por Laudrup, que Romario hubiera seguido mas, Giggs, Molina…. quien sabe que otras joyas hubiera fichado Cruyff con mas tiempo, dinero y confianza en el proyecto.

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    • Morén 5 septiembre, 2016

      Sí, Romário jugó en Atenas, después se fue al Mundial, lo ganó y… La temporada siguiente le da tiempo aún a hacer un partidazo contra el United del que hablábamos hace unos días en un artículo sobre el City de Pep, pero él ya quiere volver a Brasil y en enero se va. Y la posterior temporada es la del inicio de la remodelación que quedará interrumpida por la destitución de Cruyff.

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  • Eric Medina Lapaix 5 septiembre, 2016

    Lo interesante, fuera de la recuperación de ese estilo de delantero centro, era lo resolutivo que era. Así lo expones con la frase de Guardiola: “Tiene cinco o seis metros en los que si le das cinco balones mete seis goles“. Uno de esos ejemplos es el primer gol al Madrid en la noche del 5-0 en el Camp Nou: atención, recepción, giro y remate con el exterior al palo opuesto.

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    • Morén 5 septiembre, 2016

      Junto a Ronaldo Nazario, el delantero que yo he visto al que la portería le parecía más grande.

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  • vi23 5 septiembre, 2016

    Viví mucho ese año. Creo que es el ejemplo perfecto de como un jugador superior puede empeorar un colectivo muy engrasado. Romario era un espectáculo pero con él en el campo las posiciones eran más fijas, la circulación del balón bastante peor y el caudal de ocasiones se vio muy reducido (no así el porcentaje de acierto, claro)

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  • Jolaus 5 septiembre, 2016

    Me gusta como las casualidades de la vida hacen que los escenarios se repitan. Guardiola, que tan bien se entendió con Romário en su etapa de jugador, no se llevaba -ni se lleva- bien con delanteros así en su faceta de técnico. Y el paralelismo es realmente increible. Eto’o es quizás lo más parecido que hubo a Romário en el Camp Nou y también compartían esa genialidad polémica y carácter que todos sabemos en que terminó. Y lo más irónico es que ese año, fue el mejor año goleador de Eto’o en toda su carrera.

    Que si, que el hecho que se fuera Eto’o quizás fue el catalizador de la explosión goleadora de Leo. Pero yo insisto en que con Samuel habría sido aún mas grande la leyenda del Pep Team, se habrían evitado despropósitos como el de Ibra o hasta Bojan, y lo más importante, se habría ganado la segunda Champions consecutiva que tanto se resiste – a todo equipo-..

    Perdón, creo que me salí del tema, jaja.

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    • Morén 5 septiembre, 2016

      Uff, a mí es que Romário y Eto’o no se me parecen…. en nada^^. Los tengo por delanteros bastante opuestos, de hecho. Uno de moverse mucho y el otro de jugar en pocos metros, uno de pedirla mucho al espacio y en profundidad y el otro de esperarla principalmente al pie, uno que en los espacios reducidos perdía precisión técnica y el otro que era el rey en una baldosa… Quizá de los últimos grandes nueves que ha tenido el Barça (Romário, Ronaldo, Kluivert, Eto’o y Suárez) es a los que más distintos veo entre ellos.

      Sobre lo otro, yo soy de los que ví y sigo viendo mucha lógica en la decisión que tomó Guardiola en su momento. Aunque después saliera mal, pero es lo que comentaba el otro día en twitter con otro lector del blog: un fichaje puede salir mal aún estando bien hecho. Su planteamiento puede ser del todo adecuado y no funcionar, porque tanto el fútbol como los futbolistas cambian, pero no porque el resultado haya sido malo invalida la corrección del planteamiento. Un poco como en un partido, el resultado final puede depender de mil factores. En este sentido, Ibra era toque de espaldas, continuidad en ataque, un apoyo para Messi, una nueva opción en salida, un delantero para manejarse en un contexto de pocos espacios… características que no tenía Eto’o y que encajaban muy bien con lo que estaba siendo e iba a ser el proyecto de Guardiola. Aunque después, como digo, saliera mal, entre otras cosas porque Guardiola para encajar a Ibra «no tuvo» ni a Iniesta ni a Henry y porque el Messi con el que debería convivir, resulta que durante aquel año se convirtió definitivamente en Súper-Messi y la presencia fija de Ibra en el centro le suponía más un incordio que una ayuda, pero, por decirlo así, para el Barça de una temporada antes Ibra era «el delantero centro perfecto». Hará ahora más o menos un año publiqué un artículo sobre ese Messi-Ibra-Henry: http://www.eumd.es/2015/10/historia-tridente-messi-ibrahimovic-henry/

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  • k87 5 septiembre, 2016

    Gran artículo. Una duda, y de antemano pido perdón por mi ignorancia -en esa época no había nacido-, por qué duró tan poco Romario en el Barça?

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    • Morén 5 septiembre, 2016

      Porque al terminar la temporada se fue con la selección brasileña a disputar el Mundial, lo ganó, se fueron a Brasil a celebrarlo… y decidió que se quería quedar allí. Literalmente no volvió después de las vacaciones xD. Al final lo convencieron, pero ya tenía la cabeza en otro sitio y en enero finalmente se fue al Flamengo. Suena extraño, pero de hecho ya en el PSV tiene un amago ¡incluso de retirada! relacionado con eso, y cuando fichó por el Barça tuvo mucho que ver en la decisión tanto el clima y como el mar (antes había estado cerquísima de fichar por el Valencia, donde militó un tiempo después). Digamos que tras haber ganado el Mundial con Brasil, y con 28 años, Romário sintió que ya lo había hecho todo, que la cima que tenía que conquistar en el mundo del fútbol era esa y que ya podía volver a casa.

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  • @romarista_ 6 septiembre, 2016

    Estar enamorado y ser correspondido.
    Así me sentía en la 93-94 cuando conocí a Romario a mis 16 años. 23 años más tarde, sigo amándolo con la misma pasión adolescente.
    El artista máximo de la técnica y la imaginación, un astro q podía firmar goles, q de tan bellos, solo pueden pertenecerle a él en la historia.
    Ídolo indolente, genio lúdico. CRACK.

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