El Barça y el espejo roto

BARCELONA, SPAIN - NOVEMBER 19: Luis Enrique, Manager of FC Barcelona give instructions to his players Sergio Busquets and Neymar JR during the La Liga match between FC Barcelona and Malaga CF at Camp Nou stadium on November 19, 2016 in Barcelona, Spain. (Photo by Manuel Queimadelos Alonso/Getty Images)

El Barça y el espejo roto

A lo largo de los primeros meses de temporada, al FC Barcelona le ha costado reconocerse. El de Luis Enrique, como muy pocos desde hace casi tres décadas, es un ciclo que da preponderancia a las características particulares de sus futbolistas a la hora de dar forma al sistema. El rol se adapta al jugador más que el jugador al rol, lo que configura un sistema de juego resultante de la traducción y contagio de las particularidades de sus piezas. Si es Dani Alves, el lateral derecho va por dentro, y si es Sergi Roberto por fuera, si la demarcación de delantero centro la ocupa Luis Suárez ésta es pura actividad, pero si recae en Paco Alcácer el contraste es total, si Iniesta es el interior el mediocampo tendrá cerebro y director, mientras que si el puesto es para cualquiera de las otras opciones sus funciones son otras. Esto, clave en las victorias que ha cosechado el equipo en las últimas dos temporadas pues conforma una plataforma de lanzamiento que libera y potencia la expresión sin cortapisas del fútbol de sus mejores hombres, adquiere, como consciente peaje a pagar, la dependencia formal de su presencia e inspiración. Las capitales bajas sufridas en las últimas semanas o los puntuales momentos de baja forma de determinados futbolistas, por lo tanto, no sólo perjudican al nivel que pueda mostrar el Barça, sino que en gran medida le dificultan ser quien es.

Por eso, porque el sistema de juego culé es en buena parte el traslado de las características individuales al plano colectivo, para ponerse en funcionamiento requiere, también, de una iniciativa clara de quienes lo activan. No es una base preexistente a la que incorporarse. Es un sistema performativo. Sin la presencia de Leo Messi, Luis Suárez y Andrés Iniesta, el Barça se enfrentó al Málaga sin su sistema de ataque. Faltaban el origen, el posibilitador y el ordenador. Ante semejante escenario, la respuesta de Juande Ramos consistió en un repliegue total, que sólo atendía a su propia portería, basado en la acumulación de futbolistas por detrás del balón. Una defensa de cinco y un mediocampo poblado por cuatro hombres de lado a lado del campo, como estrategia para minarle los accesos al gol a un equipo que previsiblemente no podría transitarlos de la forma como lo hace habitualmente. Lo cierto es que más allá del hacinamiento numérico, la puesta en escena defensiva de los malagueños dejó claroscuros. No rozó la perfección táctica e interpretativa de otras que han fortificado su área en el Camp Nou, de modo que pese a las ausencias, a su espesura y al planteamiento a enfrentar, los locales generaron el suficiente volumen de peligro como para convertir al meta Kameni en la figura de la tarde, un apelativo que no es nuevo para el camerunés cuando se mide a oponentes de entidad.

Durante el primer tiempo, las apariciones de Neymar a la espalda de un doble pivote formado por Juanpi y Fornals que dejaba la puerta abierta, los intentos de superar por arriba la muralla con pases -normalmente verticales- a la espalda de la zaga malaguista, o la profundidad que por banda derecha lograba Sergi Roberto apoyándose en cómo el interior y el extremo de su lado pausaban la jugada para romper al espacio, fueron los caminos que con más insistencia buscó el Barça con tal de adelantarse en el marcador. Caminos nuevos que desembocaron en situaciones de finalización distintas a las habituales que explicaron, en parte, que no lo consiguiera. Del mismo modo que para Leo Messi no es lo mismo un disparo desde la derecha al palo largo que uno desde la izquierda al corto, para el Barça tampoco lo es un remate de Piqué, un disparo de Turan con pierna zurda o un tiro de Busquets desde fuera del área en comparación al tipo de ocasiones de que disfruta más normalmente. Si a los de Luis Enrique les costó reconocerse en el juego, algo parecido pudo sucederles en las ocasiones de gol que disfrutaron. El Málaga, por su parte, ofensivamente lo fió todo a un Sandro Ramírez muy meritorio que sin prácticamente ayuda se las arregló para sacar provecho de la descontrolada transición defensiva culé. Con muy poco peso y presencia de Denis Suárez y Rafinha en la medular y Neymar teniendo que arriesgar desde el centro y sin cortafuegos a su espalda, a poco que los centrales no podían tomar la altura necesaria, al Barça le costaba sofocar con inmediatez las pérdidas de balón provocadas por el esfuerzo a la hora de generar peligro.

De cara al segundo tiempo, antes de recurrir a Gerard Piqué como solución en el área rival, Luis Enrique modificó el ataque devolviendo a Neymar a una posición más fija de banda e impulsando un tipo de ofensiva eminentemente exterior con los laterales muy arriba que desembocó en un enorme caudal de centros al área. Una insistencia desagradable para el espectador y poco halagüeña, pero que de haber surtido efecto no habría sido la primera vez. Tanto a lo largo de la pasada Eurocopa como hace unas temporadas en can Barça, esta primaria solución se reveló como una fórmula, más que para traducirse de manera directa en una ocasión de gol con un remate, capaz de agitar el avispero, desorganizar a la defensa contraria y lograr ventajas desde la segunda jugada. Pocas acciones de ataque hay más efectivas que un robo adelantado con el rival removido. Al Barça, sin embargo, para dar continuidad a la estrategia le castigó la posición de Sergio Busquets, su mejor aval barriendo los rechaces, de nuevo central derecho tras la reanudación y, por lo tanto, demasiado lejos de esos balones divididos a los que habitualmente suele llegar antes que nadie.

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– Foto: Manuel Queimadelos Alonso/Getty Images

Comments:1
  • Detaquito 21 noviembre, 2016

    Exelenta Moran. Me ha dejado una gran insatisfaccion el match. Extraño a mi eqipo y ese futbol combinativo de gran capacidad. Lo individal por sí mismo no me engancha

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