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Los años que valieron la pena

during the UEFA Champions League Final match between Barcelona and Manchester United at the Stadio Olimpico on May 27, 2009 in Rome, Italy.

Los años que valieron la pena

«Mi historia ligada a la portería es una historia en la que me hicieron creer, desde jovencito, que tenía talento, que debía seguir por ese camino. Circunstancias de mi formación me hicieron seguir ascendiendo categoría a categoría, y ahí fue cuando tuve la suerte de que creyeran en mí y pude llegar a ser profesional. Pero no es un camino para nada fácil, y seguramente los años que me han ido bien no me han compensado los años que he sufrido«.

Víctor Valdés no quería ser portero. Durante mucho tiempo, situarse bajo palos significó para el de L’Hospitalet, como él mismo llegó a asegurar, un sufrimiento continuo. La condena a hacer algo que no le gustaba y que incluso temía, como precio a pagar por haber cometido el delito de ser el mejor haciéndolo. La tarea que mejor se le daba, aquella para la cual estaba llamado, era una que el catalán no sólo no disfrutaba sino que lo atormentaba. «Me horrorizaba pensar en el partido del fin de semana. Sentía pánico a fallar«. El temor al error y la soledad del mismo, cuando quien lo comete es el único del equipo que lleva guantes y puede tocar el balón con las manos, como punto de arranque del camino de quien terminaría siendo uno de los guardametas más importantes de su época. Quizá el más destacado de su club. Un recorrido que comienza como el de un destino prefijado, y del que su protagonista no puede escapar. A los personajes de las tragedias griegas, intentarlo les sentenciaba a un castigo cruel y ejemplar; si una enseñanza se esmeraron por transmitir sus autores, fue la conveniencia de aceptar el propio porvenir. A no querer ser otra cosa. Así lo hizo, en un principio sin entender el porqué, sin desearlo, resignado a la compañía de una virtud convertida en grillete. No quería ser portero, pero, puesto que al parecer lo era, lo sería.

La historia de Valdés como guardameta se narró a partir de dos victorias que, juntas, vencieron a sus miedos para hacer de él un cancerbero gozoso de su oficio. No huyó de la portería, pero aprendió a vivir en ella de un modo que le hiciera feliz. El primer enfrentamiento debía librarlo contra la desnudez del fallo, aquel por el que se sentía señalado, perseguido. Arrinconarlo, sin embargo, no está al alcance de un arquero joven, y Víctor en este aspecto no fue una excepción. Valiente, pero impetuoso y por momentos descontrolado, Valdés creció de la mano de un Barça, el de Rijkaard y Ronaldinho, con el que los azulgranas recobrarían una posición en el panorama futbolístico de la que estuvieron alejados demasiado tiempo. Ayudado por la ineficaz respuesta de Rüstü a la presión que la portería del Camp Nou arroja, inmisericorde, sobre quienes pretenden defenderla como quien mide el valor de aquel a quien entregará su virtud, y favorecido por la condición de extracomunitario del turco, la cual, con Rafa Márquez, Saviola y Ronaldinho en plantilla, no permitió ser especialmente paciente con las dificultades del otomano, Víctor Valdés, a los 21 años, era el portero titular del Barça.

BARCELONA, SPAIN - NOVEMBER 24: Victor Valdes of Barcelona organises his defence the UEFA Champions League Group F match between FC Barcelona and Glasgow Celtic, held at The Nou Camp Stadium on November 24, 2004 in Barcelona, Spain. (Photo by Richard Heathcote/Getty Images) *** Local Caption *** Victor Valdes

Tenía el carácter, forjado en la batalla que había librado consigo mismo y en las lágrimas que le vio derramar La Masia. Tenía el físico, no muy corpulento pero a cambio veloz y ágil para el fútbol que desarrollaría y que el Barça le demandaría. Y tenía la técnica, en la estirada, en el blocaje y en el golpeo. Sólo le faltaban los años, y aunque éstos suelen empeñarse en que se aprenda de los errores que él tanto temía, como compensación le entregaron al joven guardameta un desarrollo de la lectura a la hora de colocarse que llegó a rozar la perfección, un mayor control sobre las situaciones del juego y una concentradísima capacidad de medir sus acciones. Poco a poco, el portero primerizo que se lanzaba a los pies del delantero sin calibrar el riesgo, al que la valentía de tocar el balón con los pies jugaba malas pasadas y que convivía con cierto desorden en su zona de influencia, se fue transformando en un fuego controlado. En una pasión bien dirigida. En un rebelde con modales de academia. Cada vez más alejado del error, más fiable, más seguro. Más extraño a aquel peligro latente y despiadado que le había hecho temer aquello que estaba sentenciado a ser.

Víctor Valdés no quería ser portero por culpa del dolor del fallo, de modo que una vez aceptado que no tendría más opción que ser aquello a lo que estaba predestinado, su primera meta fue convertirse en un portero que no fallara. No sería otra cosa que él mismo, pero si tenía que serlo lo haría desterrando de su oficio la parte que durante tanto tiempo le había impedido amarlo. Seguiría estando solo, seguirían siendo diez más uno, pero ya no lo señalarían más. La recompensa a su victoria la recibió en París, en la gran noche de su carrera, ante Thierry Henry, manteniendo a flote a un Barça con riesgo de naufragio. Él puso la base de la segunda Champions del club, para que las asas que más tarde levantarían Iniesta, Eto’o, Larsson, Puyol o Belletti, tuvieran donde agarrarse. Saint-Denis le vio salir a pies de Henry, salvaguardar su palo de los intentos del crack gunner y esperarlo al filo del área pequeña para desbaratar su sueño. Lo vio volar ante el sueco Ljungberg, y salir corriendo para fundirse con Frank Rijkaard tras el pitido final. París vio empezar la Final a un Víctor Valdés, y a uno distinto terminarla. Presenció un antes y un después en la carrera del guardameta. El primero.

«Todo lo que nos ocurrió durante aquellos años no hubiese sido posible sin su contribución«. Pep Guardiola

El segundo llegó de la mano de Pep Guardiola, porque Valdés tenía todavía una pelea que ganar. Con la segunda Copa de Europa de la historia culé como símbolo, había vencido un miedo, pero tenía pendiente conquistar un deseo: «mi sueño era ser un jugador«. Víctor no quería estar separado del resto, quería ser uno más. Sentirse partícipe de aquello que colectivamente construían sus compañeros, librar la misma batalla que ellos. Su nuevo entrenador se estrenaba en 2008 con una sentencia que a la postre fue una premonición: «No significa que por fichar más defensas defenderemos mejor. Atacaremos mejor si defendemos mejor, y defenderemos mejor si atacamos bien. Todos serán partícipes«. Aquel todos también incluía a Víctor Valdés, que después de haber conseguido alejar de su condición de portero la parte de su oficio que lo teñía de desdicha, gracias al de Santpedor pudo difuminar las barreras de su diferencia y pasó a ser un futbolista como el resto. El diez más uno se convirtió en once. El fútbol del Barça de Guardiola nacía en los pies de su cancerbero, como primer paso para edificar una ventaja dada desde la, ahora fundamental, salida de balón.

Al futbolista Pep le entregó la guía, una pizarra diseñada para que, obedeciéndola, la fórmula siempre arrojara una luz indicando la salida, y Víctor puso a su servicio aquel carácter que lo distinguió en sus orígenes, y que ahora, además, alimentaba con la ilusión de ser, por fin, quien durante tanto tiempo imaginó. La lectura que a lo largo de los años adquirió al respecto de la portería y el área, del manejo de las distancias, de la interpretación de los escenarios próximos a sus dominios y de la serenidad en la atajada, se abrió paso también al manejo con los pies, encauzando su técnica para el pase gracias a una desarrolladísima inteligencia para el análisis y talento para la elección. Dejó de ser apoyo y pasó a ser nacimiento. Una parte creativa imprescindible en la construcción del juego de un equipo que fue leyenda. Una baza de ataque que se localizaba en área propia. Un jugador de campo. Un futbolista de equipo. Uno al que tan pronto cabía reconocerle el valor de una parada, como abrazarlo agradeciéndole su contribución a un gol decisivo. Un portero que por no querer serlo, resultó un jugador más.

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– Foto: Jasper Juinen y Richard Heathcote/Getty Images

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