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La segunda mitad del Barça

La segunda mitad del Barça

Hay un aspecto del juego del FC Barcelona que con el regreso de la competición ha evidenciado una franca mejoría: su salida de balón. Durante muchos años víctima del auge de las presiones y origen de una incomodidad culé sobre el césped prácticamente inevitable partido a partido, Quique Setién y su cuerpo técnico ha utilizado el paréntesis en el juego para desarrollar una serie de mecanismos en el nacimiento de la jugada que pongan en valor la idoneidad de muchas de las piezas que su equipo implica en esta fase del juego. Un equipo con Piqué y Lenglet como centrales y con Ter Stegen como guardameta, sobre el papel debería iniciar la partida con blancas. Precisamente la figura del portero alemán está siendo punto de arranque de un crecimiento del que también participa el mejor posicionamiento de interiores y laterales, distinguiéndose como una suerte de tercer central que desde su intervención desautoriza cualquier intento de igualdad numérica por parte del rival. El Barça, cuando de empezar la jugada se trata, tiene un jugador más que su adversario.

Un futbolista extra que, además de servir para liberar a un receptor en el envío corto o para generar un espacio para el pase largo, permite que un azulgrana en concreto no se vea forzado a renunciar a su posición de inicio en pos de suavizar la salida de balón. La altura de Sergio Busquets en el campo acostumbra a ser el mejor termómetro del juego de su equipo, y con Marc-André situado entre Piqué y Lenglet cuando el contrato trata de sofocar la acción de ataque cerca del área del alemán, sus apoyos por delante del esférico son mucho más frecuentes que sus recorridos hacia atrás. Así ocurrió de nuevo en el último partido disputado por los barcelonistas, ante el Athletic de Bilbao, liberando a uno de los centrales en salida -normalmente a Lenglet- gracias a la participación del portero, y utilizando al mediocentro como receptor del primer pase para distribuir hacia el compañero más adecuado (Imagen arriba). Tan bien funcionó de nuevo el arranque de la jugada culé, que los de Setién no parecieron extrañar las soluciones que por norma proporciona un lateral con la conducción y la asociación de Sergi Roberto. Más allá de la divisoria, sin embargo, el impacto de la ausencia del canterano fue otra cosa. Más que una cuestión netamente individual, el efecto del cambio de lateral en el once del Barça tiene que ver con las consecuencias que desencadena en el circuito de relaciones que conforman el sistema de juego culé, y más concretamente en aquellas que alimentan a su futbolista más importante.

Y es que, como ocurriera en Sevilla, compartiendo carril con socios más preparados para la compensación de espacios que para la asociación, nuevamente Leo Messi buscó aliados en el centro de manera constante. Sin extremo derecho y ante la poca productividad ofensiva por fuera de dos futbolistas como Arturo Vidal y Nélson Semedo, pues, el ataque azulgrana perdió uno de sus tres carriles. El segundo, el izquierdo, como suele ser costumbre estuvo más activado debido a la presencia de Jordi Alba, de Arthur Melo y a que los pases de Messi tiene la tendencia natural de buscar ese sector del campo, pero su peso ofensivo fue limitado. Una de las respuestas que se han revelado más efectivas para contener el carril zurdo del Barça es la línea de cinco, ya que permite responder a las diagonales del extremo blaugrana con el central más próximo a su sector y, por lo tanto, sin sacar de posición al carrilero para mantener ocupada la pista de despegue de Jordi Alba. Si bien Gaizka Garitano no empleó como base la línea de cinco, la presencia de Lekue por delante de De Marcos provocó un efecto equivalente. Así perdió el ataque culé el segundo de sus tres carriles. La víctima de ambas pérdidas fue el carril central, único camino posible que, a modo de embudo, encauzó todos los esfuerzos ofensivos locales y todos los esfuerzos defensivos visitantes. Sin desequilibrio exterior que le moviera las referencias a la estructura bilbaína, y Messi como única y recurrente opción para entrar regateando por dentro, el despliegue del Barça tuvo más tesón que claridad.

Uno de los aspectos clave para que así fuera resultó lo abajo que recogía el esférico el 10 a la hora de enfrentar los ataques, ya que de este modo eran sus pies los encargados de introducir el balón en la zona contenida entre la defensa y el mediocampo del Athletic, y los pies de Arturo Vidal o Luis Suárez los que tenían que sobrevivir en espacios reducidos. En la parcela de más complicada maniobrabilidad, el ataque culé no contaba con sus interpretes más finos. Sorprendió, en este sentido, que con Leo tan atrás el juego de ataque del Barça no buscara más a Griezmann en la mediapunta, pues la capacidad del galo sin espacios sí ofrece más garantías, o que incluso propusiera un relevo al 10 en zona de interiores. En su lugar, Antoine pareció más orientado a permitir las recepciones de Suárez o Vidal.

– Los mapas de calor de Leo Messi en la primera parte (izquierda) y en la segunda (derecha). vía as.com –

Varios de los males del Barça frente al Athletic recibieron su medicina desde el banquillo en las figuras de Riqui Puig y Ansu Fati. La pareja de canteranos cambió el partido por acierto e iniciativa individual, pero también por su adscripción táctica en el encuentro. Uno como interior izquierdo esperando el balón a la espalda de la línea de medios rival y el otro aguantando abierto en banda hasta que la jugada se adentrase en su fase final (Imágenes abajo), le lanzaron a los de Garitano dos motivos para darse la vuelta. Sus recepciones, esquinadas o entre líneas, fueron una soga al cuello, pasándose el balón y los espacios del uno al otro y moviendo el eje entre el centro y la cal. El centrocampista, además, más necesitado de balón que su también joven compinche, jugando a pierna cambiada y dado su impuso agresivo y verticalizador tanto desde la conducción como desde el pase, tuvo otros dos efectos definitivos. El menos importante fue la posibilidad del cambio de orientación hacia el carril derecho, después de juntar atenciones en la izquierda y liberando espacios para la llegada desde atrás de Vidal o de Semedo, lo que activó, aunque fuera desde la hipótesis, la orilla más alejada. El fundamental, sin embargo, tuvo que ver con que, monopolizando él la conexión entre la base de la jugada y la mediapunta, Messi recuperó una posición más adelantada (Imágenes arriba) que armonizó el reparto de espacios y funciones en el ataque del Barça. Puig introducía el esférico en zona caliente, Leo lo templaba y Ansu Fati o Suárez le abrían rutas por delante. El canterano fue el interior que el Barça extraña desde el adiós de Andrés Iniesta.

– Foto: LLUIS GENE/AFP via Getty Images

 

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