
El primer capítulo lo empezó Guardiola solo. Mourinho aún tardaría dos años en llegar a España cuando Pep plantó a Messi como falso nueve ante el Madrid de Juande Ramos. Tocaba sentenciar la Liga, los blancos venían recortando, y justo un par de días después del gol de Iniesta en Stamford Bridge, aquel 2-6 fue la segunda estrofa del mes más feliz de la historia del Barça. El resultado del movimiento de llevar a Leo al centro, fue una superioridad azulgrana en la media casi dolorosa. Gago y Lass para hacer frente a Touré, Xavi, Iniesta y Messi. Los centrales blancos, ante el nuevo reto que suponía la posición del argentino, guardaron su posición, cerrando la espalda de los laterales ante los amenazantes desmarques de Eto’o y Henry.
Sin duda el Messi falso nueve fue la carta que puso en ventaja al Barça no sólo en aquel choque sino en el futuro -dos finales de Champions mediante-. Sin embargo, hay un segundo aspecto que, aunque menor, cabe reseñar porque tendrá su influencia en el futuro. Se trata del partido de Robben. Hoy ya poco se recuerda que aquel día los primeros minutos fueron del Madrid. Suyo fue el primer gol y la mayor cuota de peligro, valiéndose del desequilibrio que generaba una y otra vez el extremo holandés en banda derecha ante Abidal. El francés no pudo con él y Guardiola para frenar la fuga de agua corrigió mandando a Puyol a la ayuda. Una doble marca que impidiera al Madrid respirar a partir de la posición de Robben.
Decimos que es importante recuperar este aspecto porque es justo lo que sucedió después, al principio, con Cristiano Ronaldo. Tanto que Guardiola no dudaba en intercambiar la posición de sus centrales para que el capitán cayese siempre sobre el lado del portugués. En el estreno como técnico del Madrid de Mourinho en el Camp Nou, por ejemplo, ya desde el minuto cero, cuando con los protagonistas sobre el césped Pep observó que Mou había mandado a Ronaldo a la banda derecha. No lo volvería a hacer. El 5-0 le sirvió a Mourinho para darse cuenta de la forma más violenta posible de que el Barça que había vencido con el Inter en Champions no era el real. Era la versión lastrada por las lesiones de Iniesta, la dimisión de Henry y la nula adaptación de Ibrahimovic. Una temporada después, se enfrentaba al Barça en su máxima expresión. Salida fácil, Alves decidiendo que Di María sería más defensa que delantero, Iniesta maltratando a Khedira, Xavi como rey absoluto, Villa acuchillando al espacio, Pedro desnudando a Marcelo…y Messi dinamitándolo todo. Mourinho tomó buena nota. La primera respuesta la vimos en el cuádruple enfrentamiento entre culés y merengues que el calendario deparó esa misma temporada. Nos sorprendió con Pepe en mediocampo. Era la antesala. La evidencia de que Mou había decidido que su Madrid al Barça lo iba a defender en la línea de medios.
Pero no fue hasta una temporada después que el Madrid tomó la delantera. Nadie en el mediocampo del Barça podía recibir solo, y así Villa y Pedro asustaban menos a la espalda. Los centrales, ahora, salían tan lejos como fuese necesario para seguir a Messi y la presión sobre un Xavi que ya empezaba a decaer se intensificaba. Guardiola respondió con el 3-4-3 y el Alexis de nueve, y le valió para ganar las primeras dos batallas. Hasta ahí. La historia de los clásicos más recientes es la historia de la superioridad blanca. Especialmente tiránica fue la anterior campaña. Dejando de lado las cuestiones extra-futbolísticas, que pesaron y no poco, Mourinho hizo saltar por los aires un Barça al que parecía que Tito había asentado desde la posición de Iniesta como falso extremo. No pintaba mal, Andrés juntaba arriba y en un costado, Cesc compensaba siempre la naturaleza interior del manchego, Messi ganaba metros…pero quedaba un cabo suelto y Mourinho tiró de él.
La salida del Barça, que primero había perdido a Márquez, ahora estaba perdiendo a Xavi. El técnico portugués mandó a su equipo a presionar tan arriba como su diferencial nivel físico le permitiese. Sin central dominante en esta fase, un Xavi que la perdía si le apretaban y sin otra alternativa en salida, el socorrista tuvo que ser Iniesta bajando a la base. La salida sobrevivía, pero moría todo lo demás, todo lo que se edificaba a parir de la posición del 8 como falso extremo. Ahí, Varane, Pepe o Ramos se imponían como nunca, no había lineas de pase para nadie, respuesta a las contras blancas ni a la posición de Özil. El Madrid llegó a ser capaz de dejar al Barça sin generar peligro y sabiéndole a poco un 1-3 en el Camp Nou.
Ya no está ni Mourinho ni Guardiola. Los clásicos inician nuevo ciclo. Con Martino y Ancelotti. Y con Neymar, Isco o Bale. Pero no parten de cero.
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