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De otro tiempo

De otro tiempo

Uruguay es una selección que parece de otro tiempo. De campo embarrado y agujeros en las botas. Son casi once guerreros, a los que importa nada, o casi nada, la belleza. Sus delanteros pelean, sus centrocampistas muerden y sus defensas endurecen el gesto. Este es el camino que han encontrado para sobreponerse a sus problemas con el balón y a la falta de jugadores creativos. No hay Francescolis, hay Luis Suárez, Gargano, Lugano o Godín. Sus dos centrales bien podrían resumir ese punto anacrónico del combinado charrúa. En la época de los centrales bonitos, de Hummels, Laporte o Varane, de la salida de balón por encima del choque y de la anticipación sobre el repliegue, Lugano y Godín son todo lo contrario. Zagueros de pelea y de área pequeña. Ser los diferentes les da un valor extra.

No son los primeros defensores uruguayos en destacar por su diferencia. Hace más de cincuenta años, hubo uno que jugó en Barcelona. La primera vez que escuché el nombre de Julio César Benítez fue de niño, jugando a componer un once histórico del Barça. Teniendo en cuenta mi edad de entonces, imagino que yo sacaría a pasear los nombres de Koeman, Ferrer o Sergi, y que el de Puyol empezaría a asomar la cabeza. También el de Migueli, pues sabia que, entonces, era el azulgrana con más partidos disputados en la historia del club. Cuando hice amago de saltar de línea, sin embargo, me interrumpió con celeridad un familiar mayor que yo, y con varias décadas más de experiencia como aficionado: «¿Y Benitez?» Julio César Benítez llegó al Barça cuando ya llevaba dos temporadas jugando en la Liga española. Una en las filas del Valladolid, y otra en las del Real Zaragoza. En un momento y un país donde se estilaba poco, Benítez era un defensa -lateral derecho normalmente- elegante, muy técnico y con un físico que no desentonaría ahora. Corría la banda, sacaba el balón, interceptaba el pase y se cruzaba, ágil y veloz, en las narices del delantero. Un futbolista sorprendentemente moderno visto con los ojos de ahora, que se perdió para el fútbol y la vida apenas con 27 años. Siendo jugador del Barça, una dolencia todavía hoy no muy claramente identificada, lo mandó con aquellos a los que se recuerda con dolor.

Hoy su selección de extraños, en la que actualmente Benítez volvería a ser el raro, se medirá a la también derrotada en el primer partido Inglaterra, para mantener la esperanza de alcanzar los octavos de final. Una selección, la de Hodgson, que ya sí ha cambiado, ha dado el paso y ha abrazado el fútbol de las nuevas generaciones. Lugano contra Sterling, Godín frente a Sturridge. Delanteros que están por llegar, y defensores que parecen de otro tiempo.

 

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