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Así llega Argentina

Así llega Argentina

Lo dijimos el primer día: Argentina no jugaba bien, pero emitía señales positivas. Señales de competición, de conocerse bien, debilidades y fortalezas, de tener claras sus armas y una dosis de miedo en su seleccionador, que en competiciones de este tipo acostumbra a ahorrar algún que otro disgusto. Argentina debutó ante una selección inferior como Bosnia, con defensa de cinco, fijando atrás a los dos laterales y con hasta siete hombres permanentemente por detrás del balón. Un planteamiento exagerado pero que ponía sobre el tapete de forma clara que Sabella acudía a Brasil con los pies en el suelo. Sabiendo lo que era su equipo y lo que podía esperar de él.

La fase de grupos de la albiceleste tuvo dos principios fundacionales: el miedo del seleccionador a su propia defensa, y la comodidad de Leo Messi. El juego de tensiones entre ambos aspectos definió sus tres primeros partidos. Tocaba mantener contento al crack, emitir sensaciones competitivas y no poner en riesgo ni un centímetro del crédito ganado a base de más resultado que juego. La defensa de cinco no volvió tras asegurar la victoria ante el rival más duro del grupo, y con dos adversarios a priori asequibles por delante, Argentina encontró en Messi a su mayor argumento. Una clasificación fácil permitía a los de Sabella avanzar en la competición sin las dudas que siempre acarrean los malos resultados, pero la idea de juego había permanecido escondida. La Argentina del Pachorra no tiene ni centrocampistas para asentar un juego de ataque con largas fases de juego en campo rival, ni zagueros para sobrevivir expuestos. El plan ideal era reforzarse atrás y salir con espacios, pero la fase de grupos obliga a ganar y a llevar la iniciativa ante tres rivales que soñaban con arrebatarle un empate a la albiceleste.

Superada la primera fase, ya todo encajó mejor. Con la lesión del Kun y la entrada de Lavezzi, Sabella adoptó un 4-4-2 más simple, de organización por parejas, que constituía el armazón de un combinado que tenía «no perder» como objetivo. Biglia entró por Gago para formar junto a Mascherano por delante de los dos centrales, mientras dos centrocampistas abiertos a banda suponían al mismo tiempo una forma fácil de ganar profundidad por fuera y la posibilidad de vaciar de piernas la zona de Leo Messi. El problema vino con la baja de Di María, y todavía sigue. Al plan le falta una pieza para no quedarse cojo. Siete trabajan, Higuaín fija a los centrales, el Fideo acerca el balón a Messi y el crack decide. Sin el madridista el relevo lo ha asumido Enzo Pérez pero no es lo mismo. Argentina corre el riesgo de necesitar demasiado atrás a Leo o, en su defecto, de no ser capaz de suministrarle balones.

Sin embargo el otro área parece tenerla resuelta. Con cuatro futbolistas -uno de ellos Mascherano- cierra el acceso central al área y reduce el espacio entre líneas, los laterales auxilian más cerca de los centrales que de la cal, y del balón colgado desde el costado se encarga una referencia en la materia como Sergio Romero. El saldo es bien visible: superada la fase de grupos, Argentina no ha encajado ni un sólo gol. Ni de Suiza, ni de Bélgica, ni de Holanda.

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