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Riqui Puig, 2019-2020

Riqui Puig, 2019-2020

Como Arthur Melo con el primer equipo, en el filial Riqui Puig ha experimentado este inicio de temporada un pronunciado paso al frente jerárquico. Más allá del impacto que pudiera tener su juego en aquellos momentos en que éste acudiera a él, el segundo curso del de Matadepera en el Barça B ha arrancado marcado por la clara intención del futbolista de hacer suyos los partidos incluso cuando éstos puedan serle más esquivos. Es más consciente del peso que su juego puede tener en el devenir de los encuentros, y está demostrando sobrada personalidad para situarse en un punto central del discurso que sirva para subrayarlo. Es éste un proceso que, siendo exactos, ya arrancó a mediados de la temporada pasada, cuando el ascenso definitivo de Carles Aleñá al primer equipo abrió un espacio en el mediocampo del filial que Riqui recogió para sí mismo tanto en la forma como en el fondo. Desde entonces y hasta el final del curso, Puig no sólo retrasó varios peldaños su posición para acudir desde la mediapunta a la base de la jugada desde la que antes partió Aleñá, sino que a menudo hizo girar hacia sus botas la mirada del juego barcelonista.

Sin embargo, aunque el mando sobre su nuevo espacio en el terreno de juego no lo perdió a pesar de convivir en la medular con acompañantes como Monchu, a priori más vinculados a los primeros escalones del centro del campo, su rango de actor principal sí estuvo más repartido en piezas finalmente más determinantes en el marcador como Carles Pérez y Àlex Collado. El nuevo curso, no obstante, con el primero a las órdenes de Valverde y el segundo alternando la medular con la delantera, le ha reservado a Puig más responsabilidades en la zona ancha, y una inclinación en su fútbol que recoge las dos versiones que hasta el momento ha mostrado en el equipo de García Pimienta. La primera, con la que asomó la cabeza como un interior muy aplicado fijándose a la espalda del mediocampo rival para abrir una línea de campo profunda y tremendamente efectivo cortando por dentro con el balón en los pies a partir del desborde, el slalom, la conducción y de un físico de delantero que revuelve por velocidad, agilidad y cambio de ritmo a los centrocampistas rivales; y la segunda, más próxima al pivote y a los centrales, y relacionada con el pase, el ritmo y la dirección. Empezando abajo pero terminando arriba, orientando la jugada primero y acelerándole el ritmo después, lanzando y llegando, Riqui Puig está queriendo ser el nuevo líder del Barça B.

En cuanto a nivel y efecto en los equipos rivales así lo ha venido siendo, con una única asignatura pendiente que las últimas semanas se están encargando de completar: la influencia alcanzada por su juego sobre el partido o sobre el contrario, todavía no dejaba la misma huella en su propio equipo. En este sentido, los dos segundos tiempos ante Villarreal y Atlético Levante, la derrota contra el Hércules y la solvente victoria del pasado fin de semana en Orihuela han venido consolidando una serie de ajustes y modificaciones en el equipo de García Pimienta que tanto en la teoría como en la práctica están sirviendo para estrechar el vínculo entre el momento de juego de Riqui Puig y el desempeño tanto formal como sensorial de su equipo. El hecho de compartir el perfil izquierdo del campo con piezas eminentemente profundas como Akieme, Saverio o Marqués que puedan abrirle espacio a su ascensión hacia la frontal a la manera que antaño hizo Juan Miranda, la mayor presencia de jugadores como Collado o Monchu en el interior derecho de Ludovit Reis, o las recientes participaciones de Jandro Orellana en el mediocentro con tal de procurar alrededor de Puig un ecosistema posicionalmente ordenado que responda con naturalidad y estructura a los activos recorridos del talentoso interior izquierdo.

En este sentido, los minutos que recientemente ha tenido Monchu en el interior derecho del filial han tenido una influencia evidente en la armonía de la medular culé. En primer lugar porque su tendencia al movimiento como pivote en ocasiones había forzado determinados posicionamientos de sus compañeros de línea, y en segundo lugar porque su conocimiento del modelo de juego desde el interior ha logrado aclarar el paisaje tanto para el interior izquierdo como para el extremo derecho, y ha ajustado el reparto de zonas en el equipo de mediocampo hacia arriba. Sin una permanente necesidad en la llegada que invada la parcela destinada a las diagonales de Collado desde la banda derecha, y la capacidad de mezclar alturas en la medular según la zona en la que Riqui Puig decida aparecer en cada momento, el mallorquín está siendo desde el interior la clave para equilibrar las dinámicas de las dos figuras más talentosas del once del Barça B. Arriba cuando Puig hace pareja con Dani Morer a los lados de Orellana o Sarsanedas, y abajo cuando se asoma al balcón del área de la mano de Collado. Permitiendo al Riqui que domina la conducción y la sujeción entre líneas, y dando espacio, también, al que aprende a llevar el timón a la izquierda del mediocentro.

– Foto: David Ramos/Getty Images

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