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Con dos hélices en mediocampo

Con dos hélices en mediocampo

En anteriores temporadas, si bien el FC Barcelona contaba con una imperfección que le impedía dominar los distintos escenarios del juego o, al menos, ser capaz de orientar los partidos hacia aquellos que podía dominar, el conjunto culé sí contaba con determinados contextos que, propuestos, le garantizaban cierto grado de comodidad. El vértigo en los mejores tramos del proyecto que Luis Enrique abanderó junto a la MSN, la presión en el primer año de Valverde al frente de la nave barcelonista o el crecimiento alrededor de la figura de Arthur Melo el año pasado, sin embargo, actualmente parecen no tener todavía un reemplazo. En este sentido, el duelo ante el Alavés de Asier Garitano se presentaba el sábado, al mismo tiempo, como un descanso en tanto que alejaba el desafía de la presión adelantada que tanto le dificultó las cosas a los azulgranas en el clásico, pero también como un nuevo reto enfocado a hacer frente a un repliegue compactado y muy dirigido. A uno que a cambio de conceder libertad a los centrales y a los dos carriles acumulara fuerzas en el carril central, y ante el cual se plantaron los locales sin dos de las armas que más soluciones le procuran en este tipo de escenario. Al Barça le faltaban Arthur y De Jong, sus interiores de toque más rápido e intencionado, y un Jordi Alba en plenitud al que Messi pudiera lanzar como cebo haciendo las veces de pescador.

En su lugar, los de Valverde optaron por una fórmula con dos claves desde el punto de vista estratégico y tres resultados a nivel táctico que, pese a su irregular desempeño a lo largo de los noventa minutos, vistieron una destacada versión culé durante el tramo inicial del primer tiempo. El primer fundamento estratégico local consistió en explotar aquello que su rival, de entrada, le concedía. Concentrado por dentro, probablemente esperando que las ausencias y condicionantes hicieran del juego culé un ejercicio pesado y encasquillado, el planteamiento del Alavés entregó al Barça tanto el balón como el espacio de la periferia. Garitano organizó a los suyos a partir de un repliegue no especialmente hundido pero que transigiera con que los azulgranas movieran el esférico por banda y a través de los centrales a cambio de no extraer a ninguna pieza vitoriana del centro del tablero. Así situó a su equipo según un 1-4-4-2 de tendencia estrecha en el que los dos futbolistas más adelantados -Lucas Pérez y Javier Muñoz- sin balón se colocaran en paralelo a la altura de Sergio Busquets y no a la de Piqué y Umtiti. Lo que ocurrió fue que, a diferencia de otras veces, en esta ocasión ambos zagueros supieron leer su libertad para construir desde ella la primera ventaja de su equipo. Hicieron pagar al Alavés el abandono generando superioridad por dentro desde la conducción o por fuera desde la posición, siendo creativos e intencionados en el pase y agilizando desde atrás el juego tanto en lo que se refiere al ritmo como a la dirección.

A su vez, el concurso de los centrales resultó fundamental para que el Barça se cobraran también la segunda víctima de la tarde: las bandas. Como se ha comentado, el plan de arranque del Alavés aparentemente tenía la intención de permitir la circulación exterior de la pelota siempre y cuando ésta no encontrara el camino para regresar al carril central a la espalda de una de las líneas babazorras. Podía ir por fuera, regresar a los pies de los centrales o, incluso, terminar con un centro al área, pero no incrustarse en el corazón del esqueleto defensivo visitante. Sucedió, no obstante, que después de que Piqué o Umtiti fijaran una atención inicialmente no destinada a ellos, los barcelonistas acertaron a darle una fluidez a su juego exterior con la que alejarse de la sensación de callejón sin salida. Cruzando la amplitud de los tres hombres de cada perfil y logrando, con ello, dar con una línea de pase libre frente a la interioridad numérica de los dos alavesistas encargados de tapar por fuera en cada una de las orillas. En este punto, una de las dos manifestaciones tácticas (el aprovechamiento de las bandas) del primer fundamento estratégico de la propuesta culé (sacar partido de lo que el rival asumió concederle) se hermanó con la segunda clave estratégica del planeamiento del Barça: la perturbación del orden de su adversario.

Lo logró a partir de una utilización muy dinámica de sus interiores, a modo de dos hélices que por momentos no dejaron de girar a un lado y al otro de Sergio Busquets, que generaron sendas corrientes que los locales leyeron mucho mejor que su adversario. Arturo Vidal y Carles Aleñá no guardaron una posición fija, sino que alternaron en altura y amplitud de manera que su espacio pudiera ser ocupado por el movimiento de algún compañero. Principalmente el ascenso de Umtiti y el apoyo de Griezmann en la izquierda, así como la diagonal fuera-dentro de Sergi Roberto y los acercamientos de Messi en la derecha, dieron forma al espacio liberado por los interiores y lo activaron a través de sus respectivas sociedades. Ciertamente, el comportamiento de Aleñá y Vidal no fue simétrico ni en la forma ni en el fondo, puesto que mientras el primero guardó mucha más relación con la pelota y con la base de la jugada, el segundo la estableció con el espacio y la banda derecha. El canterano, de este modo, mantuvo una orientación más interior que cediera el exterior a Griezmann y a Jordi Alba, al tiempo que Arturo fue el encargado de compensar en el carril diestro el peso que Messi y Sergi Roberto ganaron por dentro. Lejanamente emparentado con aquel Ivan Rakitic que en 2015 abandonaba el interior derecho en el Barça del segundo triplete para que ejercieran como tal Leo y Dani Alves, el chileno encarnó un papel favorecedor más vinculado al recorrido y la llegada que a la gestión del cuero, en el que sólo debía ser importante con éste en materia de finalización.

Un plan doblemente interrumpido, primero por la distensión barcelonista tras los goles y posteriormente por la lectura de Asier Garitano desde el banquillo, pero que dibujó un tramo de juego culé más cómodo de lo previsto. En cuanto a la intervención del técnico blanquiazul, si bien la progresión del marcador resultó especialmente impuntual para sus intereses, cabe mencionar el efecto logrado sobre el juego con la entrada de Luis Rioja por Javi Muñoz en el segundo tiempo. La sustitución introdujo al partido a un futbolista de marcado carácter de banda en el lugar del futbolista bisagra del dibujo -encargado de cerrar haciendo pareja con Lucas Pérez y de atacar escalonado por detrás del gallego- de tal modo que el Alavés pasó de alternar el 1-4-4-1-1 y el 1-4-4-2 dependiendo del equipo que tuviera la pelota, a turnarse entre el 1-4-3-3 y el 1-4-5-1. Sumó una amenaza en el perfil izquierdo que, a diferencia de Wakaso, pudiera estirar hacia fuera tanto la posición particular del lateral derecho barcelonista como, en general, la delicada estructura del Barça sin el balón, y en tanto que ensanchó la segunda línea de contención del equipo aumentó su eficacia tanto en la presión como a la hora de tapar la banda.

– Foto: Alex Caparros/Getty Images

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