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El líder más frágil

El líder más frágil

Pocas veces en la historia reciente el FC Barcelona ha visto tan comprometida su seguridad defensiva cuando pierde el balón como en los últimos meses. Líder de la tabla, es el más goleado de entre los cuatro primeros clasificados, y ampliada la muestra a los ocho equipos en cabeza únicamente Real Sociedad y Valencia han encajado más que él. Más claro: habría que remontarse al curso 2003-04 para encontrar a un Barça que terminada la primera vuelta -entonces séptimo en la clasificación y a la espera de que la llegada de Edgar Davids cambiara el rumbo de la temporada- sumara más tantos en contra que los veintitrés del actual. La tormenta perfecta de la fragilidad culé viene dada por la conjunción entre sus propios condicionantes y la forma en que éstos se magnifican en contacto con las singularidades del momento futbolístico actual. Y es que el tercer año del Barça de Valverde convive con la presencia en su once de dos piezas de escasísimo calado defensivo sin balón, tanto en la presión como en el repliegue, de la mano de un tiempo que ha hecho norma del empleo de futbolistas técnicos en las primeras fases de la jugada así como de laterales con un impacto ofensivo equivalente al de muchos delanteros.

El azulgrana, de este modo, es, pues, un equipo de limitadísima capacidad de robo en primera línea, y que, con sólo cuatro efectivos en la segunda encargados de ocupar y cubrir todo el ancho del campo, ni pude desenganchar a uno de sus integrantes para reforzar la presión más adelantada ni alcanza a contener el centro y las dos orillas de un repliegue. Por lo mostrado hasta este momento del curso, solamente existen tres escenarios en los que el cuadro barcelonista puede hacer valer cierto grado de autoridad defensiva: la defensa del área propia, la recuperación producto de una ventaja previa generada con la pelota y una precipitación en el adversario a la hora de gestionar la posesión que le impida sacar provecho de las oportunidades que ofrece la inconsistencia blaugrana. Esto último le ocurrió inicialmente al Espanyol en el derbi del pasado fin de semana. Ausente Arthur, apagado Messi, impreciso Suárez y tapado Jordi Alba con la incursión de Víctor Gómez en el mediocampo periquito a modo de doble lateral, los visitantes no lograron activar ninguno de los mecanismos en los que suele apoyarse su ataque posicional para desordenar al adversario y procurarse un contexto favorable al robo, pero el conjunto blanquiazul respondió como si así hubiese sucedido. A pesar de no ver amenazado su orden defensivo, durante los primeros minutos a cada pérdida culé le siguió un balón demasiado directo de los de Abelardo, cuando no, directamente, un despeje con Piqué y Lenglet como únicos posibles destinatarios.

Tardó el Espanyol en atender a las indicaciones de su entrenador desde la banda, esforzado, desde el comienzo, en que los suyos trataran de mantener el esférico durante más tiempo después de hacerse con él, pero cuando lo hizo consiguió darle la vuelta a un encuentro que, aunque no muy lesivo hasta entonces, no se le presentaba prometedor. A las órdenes de Marc Roca y acompañado éste por David López, el Espanyol se sobrepuso a un fantasma con intimidación pero sin amenaza. Aseguró pases en el inicio, obligó a recular al Barça y con el oponente metido en campo propio alargó las posesiones empujando a su rival cada vez más atrás y más lejos del arco de Diego López. Son éstos tramos particulares en los encuentros que disputa el Barça 2019-20, pues sus dificultades para recuperar el esférico o para atacar con sus delanteros tan lejos del área contraria conviven con la posibilidad de que, de forma aislada y con más espacios que ante un oponente encerrado, la calidad de sus futbolistas resuelva por KO un combate perdido a los puntos.

Así pudo suceder antes del entreacto, y así sucedió a la salida de vestuarios, ya con Arturo Vidal sobre el ring para llevar el partido a un ir y venir que hiciera valer la superioridad culé en las áreas. Un intercambio de golpes en el que, sin tiempo para impedir el ataque del contrincante, los puños del chileno, de Luis Suárez, de Messi o de Griezmann enfrentados a Diego López, Naldo y Bernardo, dañaran más que los de Calleri, Darder o Melendo contra las mandíbulas de Ter Stegen, Lenglet o Gerard Piqué. Un planteamiento orientado a generar situaciones a un lado y al otro del campo, a favor de las batallas de los fondos y en contra de centrocampistas más dados al reposo y al control como Sergio Busquets o Frenkie de Jong. La expulsión del holandés dio paso al último tramo del partido, uno en el que, de forma más acentuada que antes, el Espanyol pudo gestionar el balón sin posibilidad de perderlo ni miedo a ser castigado. Reorganizado el Barça en un 1-4-3-2 que dejó en punta a Messi y Luis Suárez, la desconexión de los dos delanteros en el repliegue y la presión permitió a los locales reproducir el guion que más ventajoso le había resultado a lo largo de los noventa minutos, pero ahora con una mayor ventaja numérica en ataque y apenas riesgo de sufrir situando la línea defensiva lejos de su portería. Dobló efectivos por fuera para sacar a los centrales del área -bien de forma directa para lanzar la ayuda al lateral o indirecta saliendo a la frontal después de que uno de los tres medios se hubiera desplazado a la banda- y empujó en la única dirección que ya marcaba el partido hasta conseguir su premio.

– Foto: PAU BARRENA CAPILLA/AFP via Getty Images

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