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Griezmann para redondear el plan

Griezmann para redondear el plan

Durante la etapa en que Pep Guardiola se sentó en el banquillo del FC Barcelona, plantilla y entrenador sellaron un pacto: «Mi trabajo es llevaros hasta el último tercio del campo. El vuestro es resolver desde ahí«. La pizarra del técnico y todo aquello diseñado en ella primaría durante el avance, requiriendo, para ello, la obediencia de los jugadores y su subordinación al plan, a cambio de que en los metros finales el de Santpedor tomara distancia y cediera la voz al talento e interpretación individual de sus futbolistas. Claro, Pep tenía a Messi, y delegar la resolución de la jugada con el 10 sobre el campo le otorgaba una seguridad de la que no podría disfrutar en otros escenarios. Confiesa el entrenador del City, de hecho, que no contar con Leo en Alemania le hizo ser mejor entrenador, al tener que atender cuestiones del juego para las que, hasta entonces, pudo confiar en el argentino. Primero en Múnich y ahora en Manchester, Pep le ha sumado páginas a su libreto. Capítulos dedicados a la finalización de la jugada.

El pacto que Guardiola firmó en su día con la plantilla del Barça fue también la aceptación de un reto: el desafío de llevar al equipo a las inmediaciones del área sin necesitar que Leo Messi se viera forzado demasiado atrás. Para que el técnico pudiera desvanecerse en los últimos metros era preciso que su relevo corriera a cuenta del 10. Es este un reto al que después de Pep también se han enfrentado el resto, y que no siempre han podido satisfacer. Algunos, como Luis Enrique, lo perdieron sin mucho pesar, pues Lucho contaba por delante de Leo con Neymar y un Luis Suárez cinco años más joven que el actual, mientras que para otros las consecuencias de la derrota iban a resultar mucho más trascendentes. No por nada, los primeros impulsos tanto de Ernesto Valverde como de Quique Setién consistieron en trazar sendos planes que situaran a Messi, de partida, tan arriba como fuera posible. El ataque asimétrico del Txingurri, con un extremo en la derecha y Luis Suárez como delantero centro a la izquierda de Leo, y el 1-3-3-4 con doble falso nueve del cántabro, fueron la carta de presentación como azulgranas de los dos técnicos.

En el caso de Quique Setién, aunque el plan inicial quedó aparcado después de tropezar en Mestalla, sus semanas al frente de la nave culé han enfocado muy claramente el trabajo en la mejora de los procesos que deben permitir al Barça llevar el balón hacia arriba. En un principio, la evolución más marcada tuvo que ver con los primeros instantes de la salida de balón, personificada en la figura de Ter Stegen y en un rol del guardameta como tercer central que le permitía a Busquets fijarse como apoyo y receptor del primer pase cuando el rival optaba por lanzar muy alta la presión. Más recientemente, y una vez hallada la forma de salir con ventaja, las intervenciones del entrenador del Barça han recaído en el siguiente escalón del juego, el mediocampo, con tres medidas orientadas a agilizar el tránsito en la zona ancha del equipo. La primera de estas medidas ha consistido en el empleo del interior izquierdo como un tercer central en determinados momentos del juego. Ha sido el reemplazo de Ter Stegen cuando los rivales, ante el efecto del alemán en salida, han optado por organizar su bloque defensivo más atrás, retando al meta a separarse demasiado de su propia portería.

La solución, además de mantener una estructura de tres piezas con superioridad frente a la presión de los dos puntas sin necesidad de llevar al guardameta hasta el mediocampo, le ha servido a Setién para aumentar la altura tanto de Busquets como de Jordi Alba. El mediocentro para ejercer de nexo con balón y de primer impulso en la recuperación adelantada, y el lateral para ocupar ya desde el inicio la zona del extremo. Y es que la segunda medida introducida por el cántabro en la línea de medios ha sido el rombo, coronado por Riqui Puig ante el Atlético y por Messi anoche en Villarreal, de modo que para mantener la amplitud de los ataques ha necesitado convertir en extremos a los dos laterales. Finalmente, la tercera medida ha consistido en asumir que su plan va a seguir necesitando la participación retrasada de Messi, y en diseñar un sistema de permutas en la zona del interior derecho entre Leo y Arturo Vidal de tal manera que el chileno responda a los acercamientos del 10 ocupando zonas por delante de la línea de balón.

La intervención de Messi en el centro del campo, sin embargo, había venido repercutiendo en la claridad con la que el Barça resolvía las acciones en las inmediaciones de la portería contraria. Donde la promesa de Guardiola encontraba a Leo en la corona del área, la de Setién dejaba como delanteros de facto a Semedo, Arturo Vidal, Luis Suárez y Jordi Alba. Los pies más finos los disfrutaría la salida de balón y el mediocampo culé, dejando para el ataque a las piezas menos hábiles y precisas en espacios reducidos. Anoche, la titularidad y la función de Antoine Griezmann en el Estadio la Cerámica se encargó de solucionarlo. El Barça encontró en el francés la forma de redondear su plan, dando sentido a los esfuerzos y recursos invertidos para lograr ventajas previas a lo largo de la jugada. Orientado por dentro y no a la ruptura sino al apoyo, Antoine fue la suavidad por delante del balón que le había faltado a la propuesta culé, y un paréntesis donde esperar la llegada de Messi desde la medular hasta la delantera. Con Luis Suárez esta vez más enfocado a jugar de cara y no tanto de espaldas, el Barça disfrutó de la versión más participativa del galo -incrementó en más de un 40% su volumen de pases con respecto a su media de la temporada- para que la clarividencia de sus toques armonizaran la jugada de ataque.

Además, al Barça no le costó nada alcanzar la zona de sus delanteros, pues gracias a la participación de Sergi Roberto en la salida de tres desarmó el esqueleto del Villarreal. Con Alcácer y Gerard Moreno tapando sobre Piqué y Lenglet, si la intervención del interior izquierdo en el primer pase atraía hacia arriba a uno de los mediocentros, a los visitantes se les abría la posibilidad de poner un pase filtrado entre líneas para Messi o Griezmann, mientras que si la respuesta de los de Calleja era emparejar a Samu Chukwueze con el canterano, entonces el balón buscaba a Jordi Alba en la banda para que sacara de zona a Mario Gaspar y así el Barça pudiera atacar su espalda con Luis Suárez. Mejor respuesta tuvo la presión blaugrana, dispuesta en una suerte de 1-4-1-3-2 que tapaba en tres contra tres la salida por dentro del Villarreal y que situaba en zonas intermedias a Vidal y Sergi Roberto para alternar la cobertura por fuera o por dentro. El repliegue culé, en este caso, tomó forma de 1-4-4-2 como tantas otras veces, pero con la novedad de que la posición interior de Griezmann se tradujo en un retorno defensivo por el carril central para cerrar junto a Busquets con Vidal y Roberto en las alas.

Sin embargo, la transición ataque-defensa del Barça tuvo un problema muy localizado en la espalda de sus laterales-extremos. Cuando el ataque culé no lograba girar a la zaga amarilla y, por lo tanto, afrontar la recuperación por detrás del balón y no por delante, la salida del Villarreal por fuera era franca. Con Semedo y Jordi Alba eliminados, de partida, de la ecuación, Arturo Vidal muchas veces como delantero y Chukwueze descolgado del retorno por haberse emparejado previamente con Sergi Roberto y no con Jordi Alba, las contras del Submarino Amarillo encontraron pista libre para despegar. Que la doble punta mantuviera sujeta a la pareja de centrales del Barça no hizo más que contribuir a ello. Probablemente por esto, con ventaja en el marcador Setién optó por contener la altura ofensiva de Jordi Alba, guardando al lateral como una pieza más por detrás del balón hasta el punto de ofrecerle, en algunos tramos, el relevo a Sergi Roberto como tercer central en salida.

También Calleja tomó cartas en el asunto para tapar la herida por la que de desangraba su equipo, mediante un doble cambio que transformó el 1-4-4-2 inicial del Villarreal en un 1-4-5-1 que introducía a un centrocampista más por dentro a cambio de perder un delantero. Con Bruno en el mediocentro, así pues, los locales pudieron tapar mejor el espacio central en el que tanto daño habían hecho Messi y Griezmann, al tiempo que también redujeron el peligro que podían llevar sobre la portería de Ter Stegen al romper el dos para dos contra Piqué y Lenglet. La segunda mitad de Leo Messi, en consecuencia, tuvo más que ver con la banda derecha que la primera, solución que encontró el argentino para seguir disfrutando de espacios para recibir el balón y que Setién correspondió poniéndole a Sergi Roberto como lateral para la combinación y sacando al campo a Riqui Puig para seguir contando con un jugador entre líneas como vértice superior del rombo, hasta que con la entrada de Braithwaite y de un bendecido Ansu Fati los azulgranas volvieran a un ataque con tres delanteros.

– Foto: JOSE JORDAN/AFP via Getty Images

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