No ocurre muy a menudo que una única imagen contenga tres tiempos. Que junte, en ella misma, pasado, presente y futuro. Que sirva, a la vez, para explicar el primero, para narrar el segundo y para anticipar el tercero. El once del Barça ante el Athletic en Copa sí tuvo ese poder. Habló con suma claridad sobre el camino, el momento y el horizonte de los culés. La alineación que presentó Xavi en San Mamés, de inicio, reflejaba como pocas una de las grandes anomalías de la plantilla azulgrana, su salto generacional. A pesar de la presencia de Araújo en el centro de la zaga, entre la edad media de sus piezas defensivas y la edad media de sus futbolistas más adelantados se abría una distancia de más de diez años. Nítido reflejo de las dificultades que ha tenido el club en los últimos años para vestir el espacio entre los protagonistas de sus últimas Champions y la nueva hornada de jóvenes que alimenta las esperanzas del aficionado barcelonista. Por unas razones o por otras, Neymar, André Gomes, Semedo, Coutinho, Arthur o Griezmann hoy están fuera del club, y las apuestas que permanecen en la plantilla (Ter Stegen, De Jong, Lenglet, Umtiti o Dembélé) no son, precisamente, los pilares jerárquicos y futbolísticos sobre los que se apoya el juego del equipo.
La mezcla da como resultado un Barça abanderado por futbolistas que en la actualidad no están en disposición de jugar uno de los mejores partidos de sus respectivas carreras, bien por haber dejado ya atrás su pico de rendimiento o bien porque, si nada se tuerce, este pico todavía esté por llegar. La traducción de esta siniestra situación en el momento presente del equipo tiene muchos frentes abiertos, que van desde la realidad física de los jugadores a su peso jerárquico en el proyecto, pasando por unas necesidades futbolísticas que el Barça está teniendo dificultades para juntar. Nuevamente, el duelo de Copa en San Mamés ofreció al respecto una panorámica bastante clara, en un partido que los de Xavi lograron alargar hasta la prórroga a pesar de su evidente incomodidad a lo largo de los primeros noventa minutos de juego. El guion del choque lo escribió la presión a la que sometió el cuadro de Marcelino a la salida de balón del Barça, y a la forma cómo los visitantes respondieron a la estrategia de su rival. La solución que plantearon los culés ante el acoso bilbaíno tenía tres puntos claves: La superioridad numérica en la línea del balón, la búsqueda de recepciones en banda por parte de los interiores y el recurso del punta llegando al apoyo.
Lo primero lo buscó desde una posición baja de ambos laterales y de la caída más o menos recurrente de Sergio Busquets a la altura de los centrales. Cinco piezas, más Ter Stegen, para asegurar que el pase pudiera tener un punto de inicio. El de destino estaba marcado en el siguiente escalón, vestido únicamente por Pedri y Gavi y especialmente cargado por el Athletic en el carril central. Insinuó el Barça que su receta ante este contexto debía pasar por lateralizar la posición de sus interiores, bien para recibir a los lados del doble pivote rival o bien para abrirlo dejando espacio para el acercamiento del punta. Sin embargo la receta no funcionó, por un lado debido al buen hacer del conjunto de Marcelino, y por el otro a causa del desorden al que el propio Barça se condenaba a la hora de construir desde atrás. Con el mediocentro atrás y el interior en banda, las recepciones culés en el mediocampo contaron con muy pocas opciones para asegurar la posesión, alargar las circulaciones y dar tiempo a que el bloque adelantara metros y se asentara alrededor del balón en campo contrario. Durante el primer tiempo apenas sucedió una vez, y fruto de ello llegó el tanto de Ferran Torres.
Sin la posibilidad de juntarse junto a la pelota y con sus futbolistas excesivamente separados en el momento de perder la posesión, la transición defensiva del Barça fue una de las principales víctimas de su desorden con el balón. Sin opción de lanzar una presión coordinada y con espacios a la espalda de los interiores para que el Athletic atacara la zona del mediocentro y los laterales. Un Barça que, de mediocampo hacia adelante, no estuvo en disposición de ofrecerle a su zaga un partido cómodo en el que no tener que retarse a campo abierto con Sancet, Muniain o Nico Williams, y que de mediocampo hacia atrás no pudo ni arropar con balón ni sobrevivir sin él. Trató de solventarlo Xavi al descanso, dando entrada a Nico para formar con cuatro centrocampistas y cambiando de lado a sus centrales, de manera que Araújo ofreciera la cobertura en zona de Jordi Alba y Piqué acomodara la salida desde atrás a su perfil natural. También con la posterior entrada de Ansu Fati para encontrar el juego interior desde el ataque que no había podido dar Jutglà, o con un De Jong que dada la presencia de Busquets en línea con los centrales asumiera la gestión del mediocentro.
Ubicado a medio camino del pasado de unos y del futuro de otros, el neerlandés es uno de los pocos recursos que le quedan a Xavi para llenar el vacío entre generaciones. Uno de los pocos jugadores de la plantilla que, por edad, debería tener la capacidad de estar jugando varios de los cien mejores partidos de su carrera. De tomar el relevo de quienes lograron el éxito en Wembley o Berlín, y asumir la responsabilidad de quienes todavía aprenden cómo llevarla. De ser el lo que Luis Enrique, Cocu, Figo, Rivaldo o Abelardo fueron para Puyol y Xavi; lo que Deco, Márquez, Eto’o o Ronaldinho fueron para Valdés, Messi e Iniesta; lo que Víctor, Alves, Puyol, Xavi, Iniesta o Leo fueron después para Piqué y Busquets. Lo que Pedri, Gavi o Ansu no están tendiendo. Lo que Ter Stegen, Lenglet, De Jong o Memphis no están siendo.
– Foto: Juan Manuel Serrano Arce/Getty Images

