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Hijos de la ruina

Hijos de la ruina

Pep Guardiola aseguró en una ocasión que entrenar sin Leo Messi le había ayudado a ser mejor entrenador. Que alejarse del paraguas del argentino incrementaba la exigencia de su pizarra, y extendía su labor como técnico a rincones del juego que, disfrutando de Messi, podía ceder al 10. Al respecto, recordaba Thierry Henry cómo se repartían las tareas el entrenador y los futbolistas en aquel Barça que los juntó a los tres: «En los primeros dos tercios del campo, Pep nos daba un plan y nosotros teníamos que ejecutarlo. Pero en el último tercio del campo teníamos libertad para hacer lo que quisiéramos«. Lejos del argentino, en cambio, Pep tuvo que ir más allá como técnico, dando más protagonismo a sus intervenciones a la hora de generar y resolver las situaciones de ataque. De generar las ocasiones de gol. Mientras tanto, el proceso de Leo Messi en Barcelona tampoco era muy distinto, pues las sucesivas despedidas de Guardiola, Dani Alves, Xavi o Iniesta también habían subrayado su implicación en la creación de oportunidades de gol desde más zonas distintas del campo. Cada vez más núcleo de todo y de todos, como guía y principal solución para acceder al área contraria.

El Barça actual es el primero en mucho tiempo que encara la temporada sin el comodín de Messi. Sin el sol alrededor del cual orbitar y en el que encontrar el origen de su capacidad para crear peligro, el de Koeman se ha descubierto como un conjunto sin creador. Sin una pieza o un mecanismo colectivo que la sustituya, en la cual apoyar la producción ofensiva de su juego. Su fútbol y sus jugadores se mueven sobre el campo sin un centro, y ejecutan acciones que, perdido el hilo conductor que las conectaba, terminan siendo independientes las unas de las otras. Como un collar de perlas al que se le ha cortado el hilo. Lo que luce en cada futbolista no influye ni se traduce en los compañeros que tiene al lado. No descansan sobre la misma base ni el mismo patrón. Así volvió a ocurrir anoche en Cádiz, en un encuentro en el que a los culés volvió a costarles dar con la fórmula para llevar peligro sobre la portería contraria, y en el que el complejo reconocimiento de una propuesta coral cargó sobre los visitantes una responsabilidad individual excesiva a tenor de la realidad de la plantilla barcelonista.

En la banda izquierda, por ejemplo, de nuevo fueron recurrentes las apariciones de Sergiño Dest en zona de extremo, asumiendo la amplitud de la banda y obligado a ejercicios de desborde constante sin zonas de descanso. Aclarados en banda que no llegaban después de que la circulación hubiese fijado por dentro la atención del rival generando espacios fuera, sino que una y otra vez enfrentaban al lateral estadounidense a un sistema defensivo compacto. Algo parecido sucedió en la orilla contraria, donde el joven Demir tuvo dificultades para leer posicionalmente su rol de extremo y para coordinarlo con la presencia de Mingueza desde el lateral. El austriaco a menudo acudía hacia el centro antes de tiempo, sin tiempo para que el canterano pudiese ganar altura, dejando sin referencia la banda y comprimiendo el juego en la zona del campo más concurrida. Los movimientos de Demir tampoco contaron a su alrededor con soluciones para compensar sus recorridos, pues a la altura de Mingueza se le unió la poca capacidad de caer a banda del delantero centro y la tendencia inicial de Frenkie de Jong de priorizar la recepción al pie.

De hecho, en el arranque, todos los culés situados por delante de la pelota dialogaron con ella desde el apoyo y no desde el desmarque, facilitando la respuesta local y reduciendo todavía más los espacios a la hora de circular el balón. Quien más trató de generarlos, de hecho, fue el esperanzador Gavi, actor principal del mediocampo azulgrana cuando De Jong se alejó de la medular para incorporar profundidad al juego del Barça. Con su dinamismo, su capacidad técnica y su sentido tanto en el pase como en el movimiento, el partido de Gavi fue un constante intento por unir las piezas que el Barça repartía sobre el césped. Conectándolas con el balón, invitándolas al orden posicional desde su ubicación en el campo, y empujándolas a un ritmo en el juego de ataque que las juntara y a partir del cual poder desequilibrar a la defensa rival. Siendo agresivo y vertical para agrupar adversarios, decidido en el pase para que sus envíos sugiriesen la continuidad de la jugada, y con la personalidad suficiente para ocupar un vacío que nadie hizo amago de ocupar. El Barça es un equipo con agujeros. Con vacantes. Si el curso pasado futbolistas como Pedri, Mingueza o Ilaix reclamaron algunas, estas últimas jornadas han sido Araújo y Gavi los encargados de ocupar las suyas. Hijos de la ruina.

– Foto:Antonio Pozo – PRESSINPHOTO AP

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