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Un tapón para el 1-4-2-3-1

Un tapón para el 1-4-2-3-1

A pesar de ser un dibujo todavía presente en el panorama futbolístico europeo, la popularidad del 1-4-2-3-1 está lejos de ser, hoy en día, la que fue a principios de los 2000. Sobre todo el 1-4-3-3 y sus variantes, y en menor medida invitados nuevos como los esquemas con carrileros, atraen actualmente los focos que, durante algunos años, fueron suyos casi en exclusiva. A la hora de explicar esta alternancia en el trono táctico a nivel de clubs, hay dos factores que aparentemente resultan fundamentales: En primer lugar, es clave el aumentado valor que hoy tienen las recepciones a la espalda del mediocampo rival. El 1-4-2-3-1, por norma, invierte el reparto de alturas en el carril central sujetando a dos centrocampistas por detrás del balón, en lugar de al único que distinguen los esquemas que recurren a un mediocentro, y que, por lo tanto, pueden escalonar a dos futbolistas por delante. En segundo lugar, y en relación a lo ahora expuesto, la era del 1-4-2-3-1 fue la era de los atacantes de banda situados a pierna natural. De los Figo, Giggs, Beckham, Joaquín, Savio, Vicente, Kewell, Finidi, Víctor Sánchez del Amo, Fran o José Antonio Reyes. Futbolistas que salían y estiraban hacia fuera, que ensanchaban espacios en el centro para el mediapunta, no chocaban con una presencia fija en tres cuartos de campo y que activaban desde las bandas una forma de llegar a él.

El viaje del Barça a Butarque, en este sentido, fue algo así como una expedición a través del tiempo. Recurrió Ernesto Valverde a un dispositivo táctico que le permitiera juntar en un mismo once a Messi, Griezmann, Dembélé y Luis Suárez, o lo que es lo mismo: que dibujara a un Barça con Messi en la mediapunta acompañado tanto por un delantero que se moviera por delante suyo como de un teórico extremo a cada uno de sus costados. La idea del Txingurri probablemente partía de la premisa de que, sin Arthur Melo, el ataque posicional culé demandaría de un Leo muy participativo en zonas más centradas y retrasadas de lo habitual, como desencadenante de los ataques que por lo general gravitan alrededor del interior brasileño, y del presentimiento de que, dado el presumible repliegue del Leganés con una zaga compuesta por cinco efectivos, el abandono de Messi con respecto a una banda derecha «sin lateral titular», a nivel de equilibrios y de activación de los tres carriles podía dificultarle al Barça la tarea. Leo se movería libre para aparecer allá donde el equipo lo necesitara sin que, por ello, el esqueleto se resintiera.

No obstante, y como se ha apuntado en el primer párrafo de este texto, el 1-4-2-3-1 a cambio de ubicar de forma más clara a una referencia fija en tres cuartos de campo, prescinde y ata atrás a uno de los centrocampistas que, en otro tipo de disposición, también puede aparecer en estas zonas del campo. Si con un mediocentro y dos interiores ninguno de los centrocampistas reside permanentemente en tres cuartos de campo pero dos de ellos pueden acudir ahí con relativa frecuencia, con una estructura de dos pivotes y un mediapunta lo habitual es que sólo un hombre espere el esférico a la espalda del mediocampo rival, de modo que la defensa de la zona por parte del contrincante gana enfoque (sólo hay un jugador a vigilar) y sencillez (su presencia es más fija). Así las cosas, la estrategia del Barça para sortear esta dificultad y legitimar su apuesta inicial pasaba por escorar el juego, generar la ventaja en el exterior de modo que las atenciones del adversario se vieran forzadas a salir fuera, y una vez abierto el centro introducir el balón en La Zona Messi.

En cambio, lo que se encontró el conjunto barcelonista fue un entendimiento prácticamente nulo entre sus cuatro piezas exteriores que provocó que, durante muchos minutos, laterales y extremos culés se contrarrestaran los unos a los otros sin que la defensa del Leganés tuviera que forzar en exceso sus posiciones por dentro. Con Dembélé y Griezmann a pierna natural, y Wagué y Junior Firpo orientados por fuera, los primeros no tuvieron espacio para recibir abajo y los segundos no lo tuvieron para proyectarse hacia arriba. Como consecuencia, el primer tiempo del Barça en Leganés fue algo así como la concatenación de posiciones desfavorables y recorridos forzados que incrementaban el desorden del juego culé a medida que la jugada avanzaba. Cada futbolista visitante se movía sobre el terreno de juego como tratando de escapar de un laberinto, a veces con balón y en ocasiones sin él, dejando sin pautas ni referencias a unos compañeros que a menudo terminaban acudiendo a buscar un apoyo donde ya no lo había. Con tal de destapar los costados, el primer movimiento de Ernesto Valverde consistió en un cambio de banda de sus extremos que, en primer lugar, les facilitara un recorrido más interior con el que ganar presencia en la frontal del área, y que a partir de eso, además, desatascara los carriles para las incursiones de los laterales.

A resultas de esta modificación llegaron los que seguramente fueron los mejores minutos de juego azulgrana. Sin claridad ni brillantez, pero con la suficiente profundidad por fuera y opciones de pase por dentro como para que su capacidad de intimidación creciera. Ambas cuestiones se mantuvieron, también, cuando tras la doble sustitución de Rakitic y Arturo Vidal por Busquets y Griezmann el Barça recuperó el 1-4-3-3, aunque en este caso la falta de un atacante en el perfil derecho ayudó al repliegue de un Leganés ya volcado en mantener el empate. El aclarado subrayó a Wagué tanto en la llegada como en el temple a la hora de servir el cuero hacia dentro, pero el senegalés no fue suficiente para que el conjunto de Aguirre apartara las miradas que fijaba sobre Messi o Luis Suárez, por lo que finalmente el Txingurri regresó a su idea original con el ingreso de Ansu Fati. Las bandas no le dieron al Barça ni el desequilibrio ni la atención con las que dinamizar el juego, pero le valieron para acercarse al banderín de córner.

– Foto: Denis Doyle/Getty Images

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