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mayo 2013

Sergio Busquets es intocable. Y lo será por mucho tiempo, faltaría más. No siempre lo fue. Aunque saliese en la foto de Roma, a lo largo de su primera temporada en el primer equipo formó junto a Keita la segunda unidad en el mediocampo del Barça. Puntualmente recambio de Xavi en el interior y habitual reserva de un mediocentro que pertenecía a Touré Yaya. El marfileño cedió pistonada a la siguiente temporada, perdió la titularidad en favor del canterano y finalmente, en verano, se embarcó en el nuevo proyecto del City. Para hacer frente a la partida del poderoso africano, el Barça incorporó a uno de los mediocentros más sólidos del momento. Javier Mascherano, un referente en su posición. Cuando el argentino aterrizó en Barcelona, Sergio Busquets ya era campeón del mundo. Todo el mundo tenía asumido a quien pertenecía el mediocentro del Barça. Al Jefecito, cuando jugó, se le vio superado por el contexto futbolístico. El fútbol repercutió en lo anímico y su participación en la media estuvo apunto de dejar de ser competitiva. Pese a su aspecto de duro, ya van dos posiciones en las que, con Mascherano, lo mental ha empeorado lo futbolístico.

El central más bonito de Europa, un interior con cuerpo de mediapunta, un nueve con más juego que gol y un mediapunta exquisito llamado a reinar en el fútbol de mañana. El Borussia lo tenía todo para ser ese equipo de culto al que la gloria final le es esquiva por falta de competitividad y exceso de manierismo. Procedente del Monchengladbach, Marco Reus se unió este verano al equipo de Klopp para remediarlo. Marco baila al mismo son que el resto, pero a su vez, aporta la dosis de pragmatismo necesaria para un aspirante al cetro continental. 

El cómico Ángel Pavlovsky cuenta la anécdota -no se sabe si real o inventada- de un hombre que a mitad de la función, disgustado con el espectáculo, abandonó el teatro. Al rato decidió volver. "Claro, para lo que hay fuera, pensaría que mejor estaba dentro" añade con sorna Pavlovsky. Algo así debe pensar el barcelonismo con respecto a Xavi y su progresivo declive. Resulta ineludible la cuestión de que se va acabando. Pero el vértigo del post-Xavismo congela. Desde casa es fácil el "tú dentro, tú fuera", pero en la realidad todo se complica. 

  Cuando el camino ha sido tan tortuoso como el del Barça esta temporada, valorarlo de manera unificada es un error. El alumno que suspende dos asignaturas con un 1 y sobresale con un 10 en otras dos, no es un alumno normal. Es muy malo en unas cosas y excelente en otras. El 10 no esconde al 1 igual que el 1 no contrarresta al 10. Así ha sido la temporada del Barça. Tortuosa, irregular, con tramos ciertamente muy buenos y otros muy malos. Para sacar su valoración final, unos se quedarán con una parte, otros con otra y algunos optarán por hacer la media. Aquello de las dos manzanas, yo me como las dos, tú ninguna... Aquí, que no queremos ser jueces ni jurado, ni tenemos la necesidad de una nota final que sacar a pasear en discusiones y debates, no haremos ni una cosa ni la otra. Preferimos exprimir lo que nos deja cada uno de los momentos del equipo, volver sobre los propios pasos, reandar lo andado y seguir el hilo hasta salir del laberinto. 

Hace una semana, Pep Guardiola daba una charla en Argentina. En ella, con la excusa de hablar de Messi y su posición, expuso algo aún más relevante y que no tiene que ver sólo con lo pasado, sino que sirve como pistas para el futuro. Durante su intervención, el técnico insiste una y otra vez en su obsesión por generar la superioridad en el centro del campo. La evolución táctica del Barça, y de sus rivales más directos, es la batalla por la superioridad numérica. Por disfrutar de un hombre de más en un deporte en que ambos equipos tienen el mismo número de jugadores. Como punto de partida resulta estimulante. [youtube https://www.youtube.com/watch?v=e4-ax69pHcU]

En uno de los picos de mayor esplendor del Barça de los últimos años, alguien definió al equipo de Guardiola como la mezcla perfecta entre el 'Dream Team' de Cruyff  y el Milan de Sacchi, a la que además, se le había sumado el mejor Maradona. Más tarde se cayó el 'Dream Team' (el juego con balón) y con él el Milan de Sacchi (el juego sin balón), y ya sólo quedó el crack argentino. Hubo un momento en el que Messi solo era mejor que cualquier otro equipo. Quizá aún lo sea. Da miedo ser conscientes que con Leo al 100%, como mínimo, se habría igualado muy mucho una eliminatoria que sin él ha terminado 7-0. Todos recordamos lo que pasó en cuartos, donde Messi, en diez minutos, lesionado y andando, eliminó al París Saint Germain y consiguió lo que nadie más en toda la temporada: sacar a Thiago Silva del área.

Cuando la derrota hace acto de presencia, es momento de desempolvar antiguos tópicos. Nunca fallan. No importa la situación ni el contexto, ahí están como salvavidas para poder ventilarnos de manera simple realidades que requieren de una profundización más compleja. En lo que a tópicos se refiere, como en todo, los hay más molestos y otros más sofisticados. Entre los primeros las ineludibles referencias a la actitud y al físico. No hay crisis de resultados que no venga acompañada de la crítica a la preparación física del equipo. Para darle una pretendida sofisticación a estos argumentos tan simples, el recurso infalible es hablar de la presión. Nadie podrá decir que no hablas de fútbol si tras dos malos resultados dices aquello de "este equipo ya no presiona como antes" como si la presión fuese la única fórmula válida, y reduciéndola, además, a una cuestión de predisposición. Uno y otro, el tópico simple y el pretendidamente sofisticado, no están tan lejos, y de análisis futbolístico, en ambos, poquito. En este artículo, pues, intentaremos justamente ver desde ese prisma la cuestión de la presión. Con pros y contras, que los tiene, porque no  hay fórmulas mágicas, y una argumentación que tenga en el juego su punto de partida. Desenmascarar a la presión y ver qué se esconde detrás.