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Las grietas del tercer plan

Las grietas del tercer plan

Es muy difícil, y por lo tanto inusual, que un equipo sea lo que su entrenador imaginaba desde el principio. Johan Cruyff incorporó a Koeman para que fuera su mediocentro, Louis van Gaal pensó en un Rivaldo integrado en el mediocampo, Frank Rijkaard en un Barça formando en 1-4-2-3-1 con Ronaldinho en la mediapunta o con Xavi como mediocentro, y Luis Enrique en un ataque sin extremos en el que su tridente formara un triángulo en el que Messi fuera el mediapunta con Neymar y Luis Suárez como pareja de delanteros. Es por eso que, en ocasiones, para un entrenador es tan importante lograr dar forma a su equipo como, llegado el caso, saber leer las pistas que le indican un camino más eficaz y orgánico en una dirección alternativa. Cambiar, no como debilidad, sino como fortaleza. Ocurre que este es un ejercicio que requiere de equilibrios muy frágiles, pues del mismo modo que a través de la adaptación se puede terminar encontrando el objetivo, la falta de continuidad pone muy difícil consolidar cualquier idea. El cambio no puede ser ni eterno ni permanente, y si bien a veces no cambiar te hace perder tiempo en una idea infructuosa, otras veces hacerlo no permite dedicarle el tiempo necesario para que germine. El Barça de Ronald Koeman, aunque desde un primer vistazo, más superficial, parece un conjunto enrocado por su apego al discutido 1-4-2-3-1 del neerlandés, analizado de cerca es un equipo que, tras haber disputado apenas quince partidos, se ha decantado ya por hasta tres planes distintos.

Arrancó el curso con un 1-4-2-3-1 con dos extremos y con Messi tan delantero centro como por lo visto puede ser actualmente; e hizo una pausa en el clásico para ubicar a Leo en la mediapunta. Una fórmula a la que daría continuidad después aprovechando la lesión de Coutinho y que debido al gusto de El Diez por retrasar la posición y buscar la recepción en zonas más cómodas, reconvirtió al extremo izquierdo en una suerte de segunda mediapunta encarnada en el canario Pedri. El tercer y último plan vio la luz tras la derrota en el Metropolitano, y basa el cambio en la presencia del nueve más natural que tiene en sus manos Koeman, para liberar a Griezmann de un rol que le resulta muy ingrato y para separar a los centrales rivales de la frontal donde el equipo espera que se junten Messi y Antoine. Un plan que devuelve a Leo a una posición de partida en banda derecha y que abre el carril con un Dest convertido en extremo aun a riesgo de que, sin la posibilidad de ubicar un interior a la espalda del estadounidense, la transición defensiva descubra demasiado desnuda la distancia entre el lateral derecho del Barça y su central más próximo.

Es algo que el sábado, a diferencia de Dinamo, Ferencváros y Osasuna, el Cadiz de Álvaro Cervera sí aprovechó a través de Alberto Perea, como una forma de salida con la que responder a la abrumadora iniciativa territorial de los culés en su visita al Ramón de Carranza, y de interrumpir la posesión azulgrana con acercamientos a la zona donde se suceden los errores de los hombres de Koeman. Ciertamente, la posición adelantada del lateral derecho del Barça fue la que más veces amenazó el orden defensivo de los locales, pero ni la estructura ni el juego de su equipo la arropó. Y es que, con los laterales convertidos en redescubiertos extremos, los teóricos delanteros de banda barcelonistas no tendieron a la frontal del área sino a la base de la jugada. No esperaron a la espalda del mediocampo rival, sino que lo atacaron de frente. Recurrentemente, los pases hacia atrás de Dest y Jordi Alba encontraban a Messi y Coutinho con dos líneas defensivas por delante y sin apoyos en tres cuartos de campo. Griezmann fue más delantero y menos centrocampista que en sus buenas actuaciones recientes, e incluso De Jong, desplazado hacia el área cuando Coutinho bajaba al apoyo, a menudo esperó el balón más cerca de Braithwaite que de Busquets. Al ataque del Barça le faltaba un paso.

Una escala entre la posición retrasada de Messi y Coutinho y el resto de piezas ofensivas que invitara a Leo y a Philippe a suavizar su espíritu de delantero, alternando y haciendo menos directo su desempeño con el balón. A buscar un paso previo para generar peligro. Un intermediario entre ellos y la asistencia final. Es lo que fue Pedri en el arranque del segundo tiempo, primero porque su entrada ordenó la banda izquierda manteniendo al delantero (ahora Dembélé) por delante del centrocampista canario, y segundo porque le abrió una línea de pase a Messi entre el argentino y los puntas. Cuando Leo bajaba a buscar el balón a la altura de los mediocentros y se asomaba al peligro de convertir el juego azulgrana en una sucesión de envíos largos y directos hacia alguno de los muchos futbolistas del Barça que esperaban por delante del balón, la presencia intermedia del canario le abrió una puerta al 10 para tocar en corto, recortar la distancia de los recorridos del balón y mantener al equipo más junto con y sin la pelota. Pero el impacto positivo de Pedri sobre Messi y sobre el Barça duró lo que tardó el equipo en fallar atrás, encajar el segundo gol y sentir como una pesada losa de hormigón caía sobre su esperanza. Dejó de creer en el juego como vehículo para la remontada, persiguiendo un Deus ex machina que esta temporada parece más lejano que nunca.

– Foto: JORGE GUERRERO/AFP via Getty Images

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