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Liberté, égalité, fraternité et Gerard Piqué

Liberté, égalité, fraternité et Gerard Piqué

»La culpa de todo la tiene el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos. Inmaculados. Inolvidables. Completos». Eduardo Sacheri

El tiempo de Gerard Piqué en el Barça fue muy rápido, y arrancó con un empujón. Un empujón que le dio Louis van Gaal. Siendo todavía un niño, Gerard coincidió con el entonces técnico del primer equipo en casa de su abuelo Amador Bernabéu, quien fuera directivo del club durante la presidencia de Josep Lluís Nuñez, y con quien se había citado Van Gaal para comer. Para Piqué era un día grande. Uno de esos días a los que más tarde descubriríamos que nunca le gustaba faltar. De esos que sacan lo mejor de él. Sin embargo, en aquella ocasión el encuentro no fue como Gerard había imaginado. Van Gaal entró por la puerta y antes de saludarle, ante la ilusionada y nerviosa mirada del joven central, le propinó un empujón que lo mandó directamente al suelo. Piqué no entendía nada. «Tú no ser fuerte para ser defensa«, le espetó el entrenador neerlandés antes de estallar en una carcajada.

No sería la última vez que Gerard Piqué sentiría que no era lo suficientemente fuerte para ejercer como central. A los 16 años abandonó La Masia para recalar en el fútbol inglés de la mano del Manchester United, y rápidamente se dio cuenta de que fuera del paraguas azulgrana a su fútbol le faltaban cosas. «En Inglaterra aprendí a defender sin la pelota. Me hicieron espabilar el primer día que un tipo así [señala a su cintura] se me llevó dos balones de cabeza. Entendí que no bastaba con ser el más alto. Tenías que saber usar el cuerpo, chocar…«. Como zaguero en la categorías inferiores del Barça, Piqué estaba acostumbrado a mandar. A que su equipo monopolizara el balón, jugara prácticamente todos los minutos en campo contrario y el juego de los centrales pasara más por manejar la pelota que por batirse en duelo contra los delanteros rivales. Para colmo, Gerard formó parte de una de las generaciones más exitosas salidas de la cantera barcelonista, la del 87, la de Leo Messi, Cesc Fábregas y el propio Piqué. Fuera o no premeditado, los años que pasó lejos de Barcelona le sirvieron al catalán para completar su formación. Para experimentar el choque que viven todos los centrales de la Masia a medida que se acercan a la élite. Cuando sube el nivel de los rivales, el dominio de sus equipos es menos absoluto y sobre el campo deben atender a cuestiones nuevas para ellos. Un Erasmus que para Piqué transcurrió entre Manchester y una cesión a Zaragoza. Entre Rio Ferdinand, Nemanja Vidic o Gabi Milito.

2008 le abrió la puerta para volver al Barça, y no se lo pensó. En el Camp Nou le esperaban Carles Puyol, Rafa Márquez, el reencuentro con Messi y el estreno de Pep Guardiola como entrenador del primer equipo. Aquel Barça fue muy rápido. Como rápido fue el propio Piqué en aquel Barça, al que llegó como un joven central llamado a completar la plantilla, y del que apenas unos meses después estaba liderando la zaga en una final de la Copa de Europa. En solo una temporada, el Barça se había convertido en el mejor equipo del mundo, Guardiola en el entrenador de referencia, Messi en el perfecto relevo de Ronaldinho, y Piqué en un central de 21 años con una autoridad impropia de su edad, capaz de imponerse a delanteros como Drogba o Cristiano Ronaldo en la competición más exigente. A ambos le tocó enfrentarse sin la compañía de Márquez o Puyol en el centro de la zaga, siendo él quien ejerciera de experto al lado de un Touré Yaya novato en la posición, y sosteniendo al Barça en los momentos en que el equipo no consiguió encontrar su juego. La actuación de Piqué en Stamford Bridge y sus minutos iniciales en la Final de Roma insinuaron algo que se confirmaría más tarde: A pesar de formarse en una escuela donde se educa a los defensores para atacar, a Gerard le encantaba defender. Disfrutaba donde otros veían sufrimiento. Cuando el resto salía del agua o buscaba desesperadamente un chaleco salvavidas al que aferrarse con todas las fuerzas, Piqué agarraba la tabla de surf y se lanzaba a por la ola más peligrosa.

Así se explican sus siguientes temporadas en el Barça. Por ejemplo una 2009-10 que con la llegada de Ibrahimovic, las lesiones de Iniesta y el declive de Henry dibujó un equipo menos redondo en el que Piqué, como central, fue llamado a solucionar individualmente alguno de los problemas que tenía el Barça como colectivo. A fuerza de un talento excepcional en la lectura de las situaciones defensivas, de una enorme inteligencia para hacer pasar a su físico, menos potente y explosivo que el de muchos delanteros, por un bólido de carreras, de una exquisitez en el área a niveles de leyenda, y del trato de balón que se espera de un central educado en La Masia. Asumiendo responsabilidades en ataque y en defensa. Imponiéndose atrás e iniciando a través del pase y la conducción el juego de un equipo que empezaba a dar forma a sus victorias en los pies de sus centrales. En su capacidad para poner la primera piedra de la ventaja, y así hacer que el esférico llegara en mejores condiciones al mediocampo. Para que Xavi, Iniesta o Sergio Busquets recibieran en ventaja la pelota de pies de Alves, Rafa Márquez o Piqué.

»Cuando recibo el balón, trato de provocar para dar un pase beneficioso al compañero. Busco el dos contra uno, conducir. Por ejemplo, si veo que están encima de Xavi, voy a buscar al que le marca. Así, el rival tiene que tomar una determinación: venir a por mí o quedarse con Xavi. Normalmente, viene a por mí y yo paso a Xavi, que ya tiene espacio para girarse y llevar la pelota a la siguiente línea».

Una temporada que confirmó a Gerard como referente en la demarcación a los 22 años. Aquel curso, además, le sirvió al Barça para descubrir otras dos armas casi infalibles. Por un lado, emergió el Xavi Hernández más dominador. Uno que podía llevar al extremo aquella sentencia de Johan Cruyff según al cual «si tu tienes el balón, no lo tiene el rival«. Por el otro, los culers asistieron al estallido goleador de Leo Messi, quien en ausencia de Eto’o y de la mejor versión de Thierry Henry multiplicó sus cifras realizadoras. La suma de aquellos Xavi y Messi desembocó, durante el curso 2010-11, en el Barça más perfecto de su historia. El argentino mantenía a los azulgranas cerca del gol aunque el equipo no arriesgara la posesión para generar las ocasiones de peligro. Podía marcar sin exponerse, lo que le evitaba pagar ningún peaje por controlar de principio a fin el partido a lomos de Xavi e Iniesta. Pero aquel era un Barça demasiado perfecto para Piqué. Gerard quería defender pero en aquel Barça no lo hacía. Se aburría. No había olas que surfear. Todo era un mar en clama. Su última temporada a las ordenes de Guardiola, en la que incluso perdió su estatus de titular, y sus años con Vilanova y Martino marcaron un claro descenso en su rendimiento, por mucho que con ambos siguiera siendo una pieza clave. «Sin Piqué, se nos caía el invento«, llegó a afirmar en aquella época Tito.

Pero Piqué, que se había convertido muy pronto en un central histórico, amenazaba con dejar de serlo con demasiada antelación. Para Gerard solo contaban los días grandes (a esos nunca fallaba), pero sin el rodaje y la competición del día a día se presentaba en ellos «solo» como un gran central. Gerard podía ser más. Estaba en ese punto de la carrera de un jugador en el que la madurez y la experiencia se dan la mano con un punto físico todavía óptimo. Cuando la piel ya exhibe cicatrices, pero todavía no enseña ninguna arruga. Tenía veintisiete años cuando Luis Enrique aterrizó en el banquillo blaugrana para rescatarle. Con Lucho llegó un Barça más largo y vertical, que para aprovechar el peligro al espacio de la monumental delantera que formaban Messi, Neymar y Luis Suárez no tenía problemas en retrasar la altura de sus líneas y así recuperar el cuero con metros por delante. En aquel Barça Piqué volvió a disfrutar: «Me he divertido. Me he sentido más participe. Más expuesto«. Era un juego con más idas y venidas, en el que las primeras corrían a cuenta de la MSN y en el que las segundas terminaban chocando contra él. Un intercambio de golpes en el que el Barça siempre atizaba más fuerte y en el que Piqué siempre hacía de menos los ganchos del rival. Combinando el juego lejos de portería con un dominio impactante en el área.

Ya sin Puyol ni Valdés y rápidamente también sin Xavi, a las ordenes del asturiano cambió la posición jerárquica de Gerard en la plantilla. Pasó de verse tutelado primero por Márquez y luego por Puyi, a ser el tutor de un Mascherano que debía aprender a ser central. Con Piqué como baluarte en el centro de la zaga, el Barça de Luis Enrique no tenía inconveniente en que el rival llegara por banda o forzara saques de esquina, porque sabía que, a fin de cunetas, la portería esperaba en el centro, y que en el centro esperaba también Piqué. El guardián de la bandera. Con Gerard siempre se podía sobrevivir. Si en ataque la MSN era el salvoconducto para ganar los partidos, atrás el catalán era la receta mágica para no perderlos. Para controlar los tramos que parecía estar controlando el adversario. Aunque fuera en otra final de la Champions y con la Juventus como rival, permitiéndose el lujo de conceder córners al equipo de Bonucci, Morata, Pogba o Barzagli gracias a la seguridad con la que el central descolgaba cualquier balón lateral. «Tuve la fortuna de coincidir esos años con Gerard Piqué, que tiene una capacidad enorme para llegar al balón desde la zona. Tiene más dificultades para despejar la pelota si le das una marca, pero si le dejas ese papel que tenía con nosotros defendiendo la zona en medio de la portería, es como un imán«. Cuanto mayor fuera el acoso del rival, más grande se hacía la figura de Piqué. Por eso, cuando a partir del declive del proyecto de Luis Enrique en el Barça el equipo fue perdiendo dominio en el juego, cada vez fueron mayores las exhibiciones de Gerard.

Quizá la mayor de todas, la Final de Copa de 2016, es un fiel reflejo de esto, con el Barça jugando con un hombre menos desde el primer tiempo, prórroga incluida, y Piqué vestido de superhéroe por delante de Ter Stegen. Es posible que el extraordinario domino del área que durante tantos años ha exhibido el catalán, al final de su carrera también se convirtiera en un refugio. Menos preparado para sobrellevar escenarios de mucha exposición lejos de su portería y para corregir durante la jugada si el delantero lograba imponerse en el primer duelo, Gerard poco a poco fue tendiendo a su zona de seguridad. A esa para la que no necesitaba piernas ni cintura, y que combinada con la tendencia de Busquets de defender siempre hacia adelante quizá en ocasiones llevó al Barça a dejar demasiado espacio entre sus líneas. Por momentos pareció no importar, como durante el curso 2018-19 en el que, con Valverde en el banquillo y Messi y Piqué en los extremos del camino, el Barça quedó cerca de aspirar al tercer triplete de su historia. También habría sido el tercero de Piqué. Del central que a veces parecía querer ser delantero, y que era capaz de dominar con la línea adelantada sin dejar de ser un gigante en su propia área. Un central lo bastante fuerte para ser defensa. Lo bastante fuerte para ser el mejor. Un central de leyenda.

– Foto: JOSEP LAGO/AFP via Getty Images

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