Sergio Busquets

Sergio Busquets es intocable. Y lo será por mucho tiempo, faltaría más. No siempre lo fue. Aunque saliese en la foto de Roma, a lo largo de su primera temporada en el primer equipo formó junto a Keita la segunda unidad en el mediocampo del Barça. Puntualmente recambio de Xavi en el interior y habitual reserva de un mediocentro que pertenecía a Touré Yaya. El marfileño cedió pistonada a la siguiente temporada, perdió la titularidad en favor del canterano y finalmente, en verano, se embarcó en el nuevo proyecto del City. Para hacer frente a la partida del poderoso africano, el Barça incorporó a uno de los mediocentros más sólidos del momento. Javier Mascherano, un referente en su posición. Cuando el argentino aterrizó en Barcelona, Sergio Busquets ya era campeón del mundo. Todo el mundo tenía asumido a quien pertenecía el mediocentro del Barça. Al Jefecito, cuando jugó, se le vio superado por el contexto futbolístico. El fútbol repercutió en lo anímico y su participación en la media estuvo apunto de dejar de ser competitiva. Pese a su aspecto de duro, ya van dos posiciones en las que, con Mascherano, lo mental ha empeorado lo futbolístico.

  Cuando el camino ha sido tan tortuoso como el del Barça esta temporada, valorarlo de manera unificada es un error. El alumno que suspende dos asignaturas con un 1 y sobresale con un 10 en otras dos, no es un alumno normal. Es muy malo en unas cosas y excelente en otras. El 10 no esconde al 1 igual que el 1 no contrarresta al 10. Así ha sido la temporada del Barça. Tortuosa, irregular, con tramos ciertamente muy buenos y otros muy malos. Para sacar su valoración final, unos se quedarán con una parte, otros con otra y algunos optarán por hacer la media. Aquello de las dos manzanas, yo me como las dos, tú ninguna... Aquí, que no queremos ser jueces ni jurado, ni tenemos la necesidad de una nota final que sacar a pasear en discusiones y debates, no haremos ni una cosa ni la otra. Preferimos exprimir lo que nos deja cada uno de los momentos del equipo, volver sobre los propios pasos, reandar lo andado y seguir el hilo hasta salir del laberinto. 

En un estadio de fútbol, como en un museo, lo que más vemos son espaldas. En ambos casos, a no ser que estemos en primera fila. Ver una espalda no es cualquier cosa. Es, por lo pronto, asumir la propia espalda y que ésta, igual que las que forman delante nuestro, puede ser vista. De hecho, puede ser vista por cualquiera menos por uno mismo. Así pues, viendo la espalda del otro, se nos revela justamente eso, la vulnerabilidad de la nuestra. ¿Y porqué tanta espalda? Entremos en cuestión porqué esto hoy va de espaldas.

El Barça necesita inventarse un central. ¿Les suena? No es nuevo. Algo se está haciendo mal. A largo plazo los milagros se piden a San Abidal, más teniendo en cuenta que Piqué está a una tarjeta en Champions de la suspensión, y de alcanzar las semis, parece difícil que no se pierda uno de los dos o tres partidos que le quedarían al Barça en la competición. Puyol y Mascherano no están y tardarán en volver, Song no ha funcionado y Bartra sigue casi nuevo en el cajón. 

La remontada soñada tiene el primer gol bien pronto, al inicio de partido. El segundo, el que empata la eliminatoria, antes de llegar al descanso, tras salvarse de una ocasión clara del rival. El tercero, para ponerse en ventaja, a poco de comenzar el segundo tiempo. Es mejor el sufrimiento estando dentro que estando fuera. Y el cuarto, el que sella el pase, cuando apenas quedan unos segundos para que la adrenalina del abismo estalle en catarsis colectiva.

Temporada 2010-11. Jornada 13. Barça-Real Madrid: 5-0 

Valdés; Alves, Piqué, Puyol, Abidal; Busquets, Xavi, Iniesta; Pedro, Messi y Villa.
Posiblemente sea el punto más alto al que haya llegado nunca un equipo de fútbol. Para salirse de la norma fue un lunes, y no ante un rival cualquiera, sino ante el Real Madrid de Mourinho. Aquel fue el primer Barça-Madrid de Mou, y seguramente supuso el inicio del duelo más brutal que conoce la historia de este deporte. Podría decirse que al Barça todo le salió bien, pero es que además se vio favorecido por un bagaje anímico previo que estalló por los aires cuando Messi, al inicio del partido, en una jugada imposible, mandó el balón al palo a la salida de un córner. El Madrid llegaba con el recuerdo del 2 a 6, de los aplausos a Ronaldinho, de Calderón, Juande Ramos y Schuster, de dos ligas ganadas que todo el munido sintió que las perdió el Barça… no lo sentían como un duelo de igual a igual, y sólo les faltaba esa jugada de Messi, su particular pesadilla.

   

Prefacio: Las dos caras de una decisión perfecta

  Al finalizar la temporada pasada el F.C.Barcelona tuvo que enfrentar una situación que esperaba que nunca llegara. Pep Guardiola, tras cuatro años entrenando al primer equipo y uno al filial, decidía parar, detenerse, subir a la superficie a respirar. Se avecinaba un momento traumático, la creación de una frontera entre un pre y un post. Prácticamente todo el mundo coincidía en que la decisión sobre su sustituto debía ahondar en la senda de la idea y el modelo que Pep había llevado a la excelencia, pero todo el mundo, también, daba por sentado con resignación que se iniciaba un nuevo ciclo. Sin embargo, la dirección deportiva sorprendió con una decisión genial: la designación de Tito Vilanova, asistente de Guardiola, para tomar las riendas del equipo. No sólo se subrayaba por partida doble la idea y el modelo, sino que además, con la decisión tomada, se calmaban los temores escenificando una continuidad en el proyecto insospechada dada la situación. Transitar sin desplazarse. El equipo empezaba un proceso de renovación, pero se conseguía diluir la incertidumbre, la sensación de cierre de un momento histórico, de paso a una nueva etapa, de pérdida traumática. La suficiencia como técnico de Tito Vilanova la conocían los de dentro, los encargados de tomar la decisión. De su capacidad para llevar el vestuario, tras cuatro años siendo mano derecha de Guardiola, pocas dudas podía haber. El vestuario estaría con él. Era “uno de los nuestros”.

Cuando juegas contra Marcelo Bielsa, hay cartas que están marcadas. Una, por ejemplo, es la defensa individual tan démodé en la hoy era de la defensa zonal. Durante el partido, cada uno de los leones del técnico argentino se empareja con un jugador rival. Activación extrema y responsabilidad individual. Todos menos uno. Bielsa se concede una mínima licencia liberando a uno de los zagueros que queda como único y a menudo insuficiente colchón de seguridad. El hombre liberado es uno de los centrales y su encargo es el de situarse de manera que su posición equilibre el espacio liberado por sus compañeros cuando salen a perseguir a su par.