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abril 2013

Muy pocos le han dado más al fútbol de nuestra época que Louis Van Gaal. Y no sólo por lo que fueron sus equipos mientras él los dirigió, sino por lo que dejó después. Sin ir más lejos, tres de los cuatro semifinalistas tienen, en mayor o menor medida, influencias del holandés. El tiempo que pasó con Mourinho en el cuerpo técnico del Barça, la admiración de Guardiola por su Ajax o sus años en Baviera, pueden rastrearse en la actualidad de Madrid, Barça y Bayern Munich. Pero más allá de esto, Van Gaal quedará como uno de los que más regalos nos ha dejado en forma de grandísimos jugadores. Todos nombres ineludibles del fútbol de los últimos años. Seedorf, Davids, Overmars, los hermanos de Boer, Kluivert… Xavi, Puyol, Víctor Valdés, Iniesta… -quizá Louis deba ser reconocido como otro de los padres de los éxitos de la selección española-. Su última parada a nivel de clubs fue en Alemania, en el Bayern, y como no podía ser de otra manera, en el Allianz dejó otro regalo para el fútbol. Concretamente dos. 

En un estadio de fútbol, como en un museo, lo que más vemos son espaldas. En ambos casos, a no ser que estemos en primera fila. Ver una espalda no es cualquier cosa. Es, por lo pronto, asumir la propia espalda y que ésta, igual que las que forman delante nuestro, puede ser vista. De hecho, puede ser vista por cualquiera menos por uno mismo. Así pues, viendo la espalda del otro, se nos revela justamente eso, la vulnerabilidad de la nuestra. ¿Y porqué tanta espalda? Entremos en cuestión porqué esto hoy va de espaldas.

Hoy va a costar. La tentación es abrirse la camisa y lanzarse a machacar. Y charcos en los que meterse hay muchos. No lo haremos. Básicamente porque no es momento. También porque es feo. Feo con jugadores, técnicos y afición. Ya habrá tiempo para recuperarse, celebrar la Liga, analizar situaciones y decidir. A lo largo de la temporada, en este blog ya hemos hablado de los problemas que pudiera tener el Barça, no hemos escurrido el bulto. Y lo retomaremos para analizar lo que ha sido la primera temporada de Vilanova. Pero hoy no lo haremos. No tras un partido así. Hoy toca cabeza fría aunque el cuerpo esté caliente. No sería justo. Hoy sólo hablaremos de lo que fue el Bayern de Múnich-Barça, ida de las semifinales de la Champions League de la temporada 2012-13.

La primera vez que lo vieron, parecía un niño. Destronado Ronaldinho, la llegada de Guardiola había supuesto que por primera vez el Barça era el Barça de Messi. De 10 a 10, como si con el dorsal se traspasase algo más que una camiseta, algo cercano a una leyenda. La primera vez que el Bayern de Múnich vio a Messi, el Barça no era campeón de todo, sino un equipo que, tras derrumbar el antiguo proyecto, entusiasmaba más que atemorizaba. La Liga española, por aquel entonces muy devaluada, no parecía piedra de toque suficiente para un conjunto que parecía una locura. La primera vez que el Bayern de Múnich vio a Messi, el argentino jugaba en banda derecha y oteaba la cifra de los 25 goles en Liga. Aquella noche de abril, Leo nos anunció algo que después sería una constante en su carrera: cuanto más grande fuese la cita, mejor jugaría él. Y como aquel partido ante los alemanes era su mayor reto hasta la fecha, Klinsman y sus jugadores vieron emerger al monstruo que conoceríamos después. Exhibición, goleada y la sensación por parte de todos de estar ante un futbolista devastador. Sabiendo lo que sabemos a día de hoy, seguramente aquel fuese por primera vez Leo Messi.

Fue en 2011 y duró poco. Tras cuatro clásicos seguidos contra el Madrid de Mourinho que sirvieron a Guardiola como el contrapunto más duro. Frente a los blancos fue recurso, y en la final ante el United plan principal. En Wembley, para enfrentar a los diablos rojos de Ferguson, Pep intercambió la posición de sus extremos. Pedro, que habitualmente formaba en banda derecha desde donde aportaba ventajas en la frontal no suficientemente valoradas, pasaba a abrirse a la izquierda para, estirando al lateral derecho rival hacia la cal, generarle el aclarado a Iniesta por dentro. David Villa, por su parte, que se había pasado la temporada buscando la diagonal hacia el gol desde banda izquierda, se situaba en banda derecha, perfil en el que la presencia continua de Alves en ataque, le permitía olvidarse de la amplitud y centrarse en el área. Terminada la 2010-11 con el glorioso doblete rubricado en Wembley, este planteamiento quedó apartado.

Santa Fe y Córdoba son dos provincias argentinas vecinas. En la primera nació Messi y en la segunda Pastore. Los dos argentinos, no podrían ser más diferentes. A Leo ya lo conocemos, es la competitividad hecha carne, Javier, por su parte, es un pechofrío de manual. Cada uno a su manera, fueron protagonistas en la ida. El azulgrana por el gol que abrió el marcador y por ser, con su lesión, la noticia del enfrentamiento. En el otro lado de la lona Pastore, por el baile que le dio Dani Alves en el perfil diestro del ataque culé. El Barça no sacó nada de ahí gracias a Thiago Silva, pero la ventaja fue una constante.

La respuesta rápida es Cesc Fábregas, y más después de lo del sábado ante el Mallorca. Es una de las dos opciones que tiene Vilanova, la del hombre por hombre. Asumiendo que no hay dos Messis, el de Arenys es el que más se le puede parecer de lo que el técnico tiene en plantilla. Cesc es interior, así que no será referencia arriba sino que, como Leo, buscará relacionarse con la medular escondido detrás de los mediocentros del PSG. Y tiene gol. Sólo el propio Messi y Villa están por delante de él en pegada en el conjunto culé. Más allá de la diferencia en el regate, la pega es que no es Messi, y en frente esperará nada menos que Thiago Silva. El ex-gunner difícilmente quedará en nada, pero difícilmente también el Barça desnivelará el partido desde ese duelo. Perfectamente asumible porque el Barça tiene recursos para hacer la diferencia en otra zona del campo, pero es algo a tener presente. Mientras en la ida se enfrentaba a Thiago Silva el mejor jugador del mundo, hoy lo hará Cesc, que no lo es.

Más allá de los inventos con el central o de la vuelta de Ibra, este miércoles la noticia puede ser que no esté Messi. Y hace mucho que eso no ocurre si no es a voluntad. Al Barça le tocará encontrar un plan alternativo general. No es para menos, Messi es el principio y final de casi todo, la explicación de demasiadas cosas en el juego culé. Cambiar hombre por hombre quizá no sea suficiente. No hay espalda que soporte el peso de cuatro balones de oro. Lo mejor, pues, será repartir ese peso, pero antes tendremos que ver en qué consiste. De eso tratará este artículo, de intentar romper a Messi en trocitos, sacar de su ovillo futbolístico sus principales hilos de su juego, descubrir las facetas de su juego más importantes para el equipo. Mañana será el momento de idear soluciones. 

El Barça necesita inventarse un central. ¿Les suena? No es nuevo. Algo se está haciendo mal. A largo plazo los milagros se piden a San Abidal, más teniendo en cuenta que Piqué está a una tarjeta en Champions de la suspensión, y de alcanzar las semis, parece difícil que no se pierda uno de los dos o tres partidos que le quedarían al Barça en la competición. Puyol y Mascherano no están y tardarán en volver, Song no ha funcionado y Bartra sigue casi nuevo en el cajón.